menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

La Agonía del Imperio y el Sicariato Global

8 0
02.03.2026

Estamos presenciando una fase de la historia moderna donde el poder del imperio hegemónico ya no se ejerce a través de la seducción económica o el predominio cultural, sino a través del más burdo sicariato. Cuando un sistema es incapaz de ofrecer progreso a sus propios ciudadanos y ve cómo el centro del mundo se desplaza inevitablemente hacia otras latitudes, su única respuesta es la violencia. La ofensiva actual contra Irán, el sostenimiento del Estado genocida de Israel, que opera como un enclave de desestabilización contra las naciones soberanas del Medio Oriente, son los espasmos de un gigante que se sabe herido de muerte.

Para entender este tablero, hay que llamar a las cosas por su nombre. El Estado de Israel no es una democracia asediada; sino un proyecto colonial prefabricado, una extensión militar de la élite global incrustada en el corazón de una región estratégica. Su función no es la paz, sino la guerra perpetua. Funciona como un brazo armado que permite al imperio externalizar la crueldad, ejecutando masacres y bombardeos que serían diplomáticamente costosos para la Casa Blanca, pero que son esenciales para mantener a los pueblos árabes e islámicos en un estado de fragmentación y caos.

Esta estrategia de "caos controlado" tiene un objetivo claro: socavar a las potencias emergentes. Irán es el blanco principal no por su programa nuclear (un pretexto cínico en un mundo lleno de ojivas estadounidenses) sino por su determinación a ser un país soberano. Teherán ha demostrado que es posible resistir el chantaje del dólar, desarrollar tecnología propia y liderar una red de resistencia regional que desafía el mandato de Washington. Por eso, el Imperio ha recurrido al sicariato estatal. El asesinato, antes, de Qasem Soleimani, un estratega clave contra el terrorismo fundamentalista, y ahora, contra Nasralá y el Ayatolá Jamenei, demuestran que Estados Unidos ha tirado el manual de derecho internacional a la basura. Ya no hay contención; solo hay eliminación física de quien estorbe a sus intereses. Pero esta agresividad no es un signo de fuerza, sino de una profunda crisis de identidad. Estados Unidos es hoy una nación en declive moral y económico, donde el complejo militar-industrial necesita la guerra como un único pulmón que necesita aire.

La situación en Ucrania es el ejemplo más doloroso de este canibalismo. Han empujado a todo un pueblo al matadero solo para intentar debilitar a Rusia, mientras condena a Europa a una posición servil y a la irrelevancia. El viejo continente, incapaz de tener una voz propia, se ha convertido en un satélite que sacrifica su industria y su poder político en el altar de los intereses norteamericanos. La imposibilidad de Europa para convivir con una Rusia soberana es la prueba final de su vasallaje. El patrón es idéntico en Siria y en nuestro país (Venezuela). En Damasco, descuartizaron un país para cortar las vías de integración euroasiática; en Caracas, han aplicado un asedio criminal para castigar a un pueblo que se niega a entregar su proyecto civilizatorio y sus riquezas. Lo que une a estos escenarios es la absoluta falta de escrúpulos. Estados Unidos ya no busca aliados, busca subordinados. Su ofensiva contra los países emergentes es un intento de frenar la creación de un mundo multipolar donde los BRICS y otras alianzas globales dicten las reglas del comercio y la seguridad.

La verdadera cara de la crisis estadounidense es esta: un imperio que ya no puede competir en el mercado de la producción y la innovación, y que por tanto decide destruir el mundo mediante sanciones, golpes de Estado y asesinatos selectivos. Es la "ley de la selva" vestida de traje y corbata. Sin embargo, este despliegue de violencia solo devela lo que por muchos años se ha denunciado, acelerando su propio aislamiento. Cada sanción contra los países soberanos, cada líder asesinado y cada apoyo al terrorismo de Israel en Gaza es un clavo más en el ataúd de la unipolaridad. El mundo ya no tiene miedo. La resistencia de Irán, la firmeza de Rusia y la dignidad de los pueblos que no se doblan ante las sanciones son la prueba de que el tiempo del Leviatán ha pasado. Estamos sin duda alguna en la fase más dolorosa del parto de un nuevo orden mundial. No obstante aunque el imperio intente detener el reloj, la historia no retrocede. La libertad de los pueblos no será una concesión de Washington, sino el resultado del colapso de su hegemonía violenta.


© Aporrea