El cadáver de la Doctrina Monroe y el aroma a petrodólar quemado…
«El engaño más eficaz es aquel que distrae con ruido mientras opera en silencio.»
HANNAH ARENDT
Eran las once de la mañana en El Bohemio, y el sol de media mañana entraba a cuchilladas por el ventanal, iluminando el polvo en suspensión y el humo de los cigarrillos. Olía a café recién colado y a tensión contenida. No se escuchaba el murmullo habitual, sino un silencio espeso, cargado de ecos satelitales y de cálculos hechos a miles de kilómetros. El ventilador giraba, lento e indiferente, sobre la única mesa iluminada. Anacleto estaba sentado a mi lado en la mesa de nuestro rincón, ante una taza humeante y el portafolio agrietado abierto. Sobre la mesa, un recorte: "La Jugada Audaz de Rusia…". Lo leía con la lentitud de un juez revisando una sentencia de muerte. Fue el pichón de periodista, nervioso, con su tableta como un escudo, quien rompió el silencio. «¿Es el principio de una guerra, Anacleto?… por lo de los misiles rusos. Esto es lo que temían desde la crisis del 62, ¿no? ¿Estamos otra vez al borde?» Anacleto alzó la vista lentamente. No hubo alarma en sus ojos, solo una tristeza profunda, de geólogo que encuentra la falla exacta por donde se partirá la tierra. «No, camarita», dijo, y su voz era un susurro áspero. «Es el final de una mentira. La mentira de que el miedo es un privilegio de unos pocos. Washington ha vendido miedo por décadas. Hoy, Moscú les ha enviado la factura, por correo certificado y con código de seguimiento. Y la dirección de entrega es el patio trasero que ellos creyeron siempre cerrado.» Encendió un cigarrillo. La llama del encendedor tembló un instante. «El borde, camarita, es un lugar donde ellos nos han tenido siempre. La diferencia es que ahora nosotros estamos en el borde de su patio. Y a ellos no les gusta la vista.» Golpeó suavemente el recorte. «No es 1962. Es peor. En el 62 fue un desafío en caliente, una apuesta temeraria. Esto es frío, calculado, es la factura histórica que presenta un imperio en decadencia a otro que cree ser eterno.» La profesora, sentada junto al estante de libros, levantó la vista. Su voz era serena, de biblioteca. «Hablan de violación de soberanía. Curioso término. ¿Acaso la soberanía no es el derecho a elegir con quién aliarse para sobrevivir? Galeano lo decía mejor: ‘el mundo está dividido entre los que dan órdenes y los que las reciben’. Venezuela, simplemente, dejó de escuchar.»
El coronel retirado, desde su silla junto a la barra, estalló. «Es una provocación intolerable, una violación directa, es una invasión flagrante, un acto de guerra dentro de nuestra esfera. ¡Ah… La Doctrina Monroe…!» «¿De qué, coronel?», replicó Anacleto, exhalando una bocanada de humo que se enroscó como un signo de interrogación. ¿De la Doctrina Monroe? Esa reliquia de 1823 que declaraba este continente como jardín privado… ¿O del derecho de un país soberano a buscar aliados que le den un seguro de vida contra el estrangulamiento?» Anacleto lo miró por primera vez. Una sonrisa fina, sin alegría, se dibujó en sus labios. «La Doctrina Monroe, coronel, no es derecho internacional. Es un letrero que pusieron en 1823 en el jardín de su casa, que decía ‘Prohibido pasar’. El problema es que la casa se les llenó de grietas, el jardín se llenó de maleza y ahora el vecino, al que le expropiaron su patio hace años, les ha tirado una piedra por la ventana rota. Y la piedra tiene sello de fábrica ruso. Llevan veinticinco años intentando derrocar un verbo: el verbo ‘resistir’. Lo intentaron con golpes, con sanciones que son guerra económica en traje de seda, con presidentes inventados en laboratorios de relaciones públicas. Y fracasaron. Pero en su fracaso, le enseñaron al mundo el manual de su paciencia… y de sus límites» El boticario, apoyado en el marco de la puerta que daba a la cocina, gruñó. «Yo no entiendo de doctrinas. Entiendo de gente. La gente en la farmacia pide lo que no hay. ¿Y esos misiles le van a dar de comer a mi gente?» Fue la........
