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Transformar la derrota de la Revolución Bolivariana en escuela

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28.08.2026

I. Introducción: La derrota es real, no una anécdota

La Revolución Bolivariana no llegó al socialismo. No lo logró, y no es una afirmación lanzada a la ligera, es una constatación objetiva. Durante su etapa ascendente representó una formidable movilización de masas, una sacudida profunda en la conciencia popular y una alteración de las relaciones de fuerza entre las clases. Pero la movilización de masas, por sí sola, no es sinónimo de revolución socialista.

Para el marxismo, el socialismo no es una etiqueta, ni un discurso, ni una declaración de intenciones. Es un modo de producción, una transformación de las relaciones de propiedad, un cambio en la base material de la sociedad. Y eso no ocurrió en Venezuela. Las relaciones de producción capitalistas permanecieron intactas en lo esencial. La burguesía no fue expropiada como clase. El Estado no fue destruido como aparato de dominación. No se crearon órganos de poder obrero que ejercieran la autoridad real por encima del aparato burocrático.

Lo que hubo fue una revolución que no terminó de ser revolución socialista, una revolución en las expectativas que no se materializó en una revolución en la propiedad y en el poder.

Y en medio de esa contradicción, la burocracia se encargó del resto una vez. No por un plan secreto, sino por la lógica inherente a un aparato que, sin control de masas, comienza a actuar como una capa social con intereses propios. La burocracia desvió el proceso, lo contuvo, lo administró y, al final, lo desnaturalizó.

El capitalismo en crisis siguió vivo. No como una amenaza externa, sino como un sistema que siguió organizando la vida material de la sociedad. Cambiaron los discursos, cambiaron los símbolos, cambiaron los nombres de los programas y de las misiones, pero la lógica del capital continuó imponiendo su dictadura silenciosa: la explotación, la especulación, la desigualdad, la concentración de la riqueza en pocas manos.

Y sobre esa base, el Termidor se impuso. No como una restauración clásica de la derecha, sino como la conservación de las formas revolucionarias mientras el contenido de clase se vaciaba. El termidor venezolano no es un golpe militar contra la revolución, sino la revolución transformándose en su contrario, manteniendo la bandera mientras abandona el barco.

Y aquí está lo más pesado de la derrota. No fue una derrota impuesta desde fuera, sino una derrota que se incubó dentro. Y pesa más porque fue hecha por las masas.

Las masas no fueron espectadoras. Fueron las que llenaron las calles el 13 de abril, las que derrotaron el golpe, las que pararon la guerra económica, las que defendieron la industria, las que pusieron el cuerpo. Y cuando una fuerza social así es derrotada, no es una derrota cualquiera. Es un golpe moral, político y psicológico que atraviesa a toda la clase.

Porque cuando la derrota es obra de una fuerza que parecía invencible, el impacto es doble. No solo se pierde el poder, se pierde también la fe. Y es esa fe la que la burocracia ha tratado de enterrar, no con balas, sino con desmovilización, con silencio y la mentira.

Por eso, la derrota es real. No es una anécdota, no es un "tropiezo", no es un "impasse". Es la conclusión de un proceso que no pudo completarse. Y es justamente desde ese reconocimiento honesto que puede comenzar la reconstrucción.

Quien no reconoce la derrota, se condena a repetirla. Quien la idealiza, se condena a la nostalgia. Solo quien la comprende, puede transformarla en escuela.

II. La desmoralización como consecuencia lógica de la derrota

La desmoralización no es un invento de la derecha, ni una campaña mediática, ni una debilidad de carácter de los militantes. Es un fenómeno social real, con causas objetivas, históricas y políticas. Negarlo es tan peligroso como rendirse a él.

El marxismo nos enseña que la conciencia no cae del cielo ni se produce en el vacío. La conciencia de clase se forma en la lucha, en la experiencia, en el choque con la realidad. Y del mismo modo, la desmoralización se forma cuando la experiencia de la derrota se impone sobre la expectativa de la victoria.

En Venezuela, la desmoralización no nació de la noche a la mañana. Nació de una secuencia de derrotas parciales que no fueron explicadas, que no fueron asumidas, que no fueron transformadas en aprendizaje. La inflación, el salario destruido, la crisis de servicios, la desintegración de la producción, el éxodo, la represión selectiva, el burocratismo galopante... Todo eso fue minando la confianza de los sectores que alguna vez fueron los más activos.

Y ahí están los dirigentes estudiantiles desmovilizados. No es que se vendieron, ni que se pasaron a la derecha. La mayoría simplemente se replegó. ¿Qué hacer cuando el movimiento que te formó ya no te convoca? ¿Qué hacer cuando las asambleas se vacían, cuando las luchas se fragmentan, cuando la dirección política no responde a las necesidades de las bases? El reflujo estudiantil no es solo un fenómeno generacional, es una derrota política que se expresa en el........

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