Capítulo 2: ¿Qué es el sionismo? Ideología, clase y colonización
El sionismo, lejos de ser una mera expresión nacional del pueblo judío, es una ideología política burguesa nacida en un contexto de crisis del capitalismo europeo y de la intensificación del antisemitismo a fines del siglo XIX. Su origen no puede entenderse sin analizar las transformaciones de clase al interior de las comunidades judías de Europa y la derrota de las corrientes revolucionarias que buscaban una solución de clase y no étnica a la opresión.
El sionismo surge, en sus primeras formulaciones, como una respuesta profundamente conservadora y adaptativa ante el antisemitismo. Mientras que los sectores obreros judíos se organizaban en sindicatos, consejos de trabajadores y partidos revolucionarios como el Bund o las fracciones judías de los partidos socialistas y comunistas, la burguesía judía —temerosa del proletariado y deseosa de preservar sus privilegios— desarrolló una ideología que desviara la lucha del terreno de clase hacia un proyecto nacional burgués. El propio Abram Leon, militante marxista asesinado por los nazis, afirmaba que:
"El sionismo no es una respuesta revolucionaria a la opresión de los judíos, sino una utopía reaccionaria pequeñoburguesa. El sionismo no lucha contra el antisemitismo: lo reconoce y lo acepta como eterno. Por ello no busca combatirlo, sino escapar de él" (La concepción materialista de la cuestión judía).
Uno de los principales ideólogos del sionismo, Theodor Herzl, fundador del movimiento sionista moderno con la publicación de El Estado Judío en 1896, expresaba abiertamente que su proyecto tenía como interlocutores a los gobiernos antisemitas. En su diario personal, Herzl escribió:
"Los antisemitas serán nuestros amigos más confiables, nuestros aliados".
Esta cita, lejos de ser un desliz, revela el carácter de clase del sionismo: una ideología que pretendía aliarse con los regímenes opresores, no para liberar a los judíos, sino para canalizarlos hacia una colonización planificada. Herzl propuso el Estado judío como una solución "mutuamente beneficiosa" tanto para los antisemitas europeos, que deseaban deshacerse de los judíos, como para la burguesía judía, que necesitaba construir una base económica y política propia.
A diferencia de las aspiraciones internacionalistas y de lucha común que expresaban los obreros judíos del Bund o los comunistas, el sionismo trazó una separación entre los judíos y las luchas de clase, promoviendo una identidad nacional por encima de las divisiones sociales. De hecho, el sionismo despreciaba abiertamente al movimiento obrero judío. Herzl y otros dirigentes sionistas atacaron con vehemencia al Bund y a los comunistas por "disolver la identidad judía" en una lucha de clases supuestamente ajena. Yitzhak Gruenbaum, líder sionista polaco, escribió en 1920:
"El Bund es una amenaza mayor para el pueblo judío que los pogromistas. El socialismo destruye el alma judía. El sionismo, en cambio, la preserva".
Pero ¿qué "alma" preserva el sionismo? No la de las masas judías trabajadoras, sino la de la burguesía y pequeña burguesía judía, ansiosa por tener su propio Estado, sus propios mercados, su propio aparato represivo y su propio espacio colonial. Porque el sionismo, desde sus orígenes, fue también una ideología profundamente colonial.
El proyecto sionista no contempló jamás la creación de un Estado judío en Europa. Desde sus orígenes, el sionismo no nació como un movimiento con una conexión orgánica e innegociable con Palestina. Muy por el contrario, los fundadores del sionismo político evaluaron múltiples territorios en los que establecer un "hogar nacional judío", siempre bajo el amparo de alguna potencia imperialista. Esta característica revela el carácter esencialmente colonial del sionismo: no se trataba de liberar a un pueblo, sino de encontrar un territorio para una clase social burguesa y aliada de los intereses del capital internacional.
En su obra fundacional Der Judenstaat (1896), Theodor Herzl lo deja claro al afirmar:
"Para la solución del problema judío, Argentina y Palestina se presentan ante nosotros. Argentina es una de las tierras más fértiles del mundo [...] Palestina es nuestra patria histórica." (Theodor Herzl, Der Judenstaat)
Durante los primeros congresos sionistas, el liderazgo no ocultó su disposición a negociar con el imperialismo británico y buscar otras ubicaciones "viables" para el proyecto nacional judío. En 1903, el gobierno británico ofreció oficialmente a Herzl una porción del Protectorado de Uganda (hoy parte de Kenia), donde los sionistas podrían establecer una colonia autónoma. La propuesta, conocida como el "Plan de Uganda", fue presentada por Herzl en el VI Congreso Sionista y provocó una fuerte crisis interna. Mientras que los sectores más realistas o burgueses del sionismo lo apoyaban, los militantes del Bund y los delegados de Europa del Este lo rechazaron de plano, denunciándolo como una traición a los judíos oprimidos que luchaban por emanciparse en sus propios países.
"La idea de Palestina como única patria vino después. Antes, Uganda, Argentina, incluso partes de Chipre o Mesopotamia eran consideradas igualmente aceptables."
— Walter Laqueur, A History of Zionism (1972)
Otras opciones consideradas en diversos momentos incluyeron Chipre, el Sinaí egipcio (Al Arish), partes de Australia Occidental (con el llamado "Kimberley Plan" en los años 30), e incluso, brevemente, zonas del Irak bajo ocupación británica. En todos los casos, la lógica era la misma: crear una colonia judía bajo protección imperialista, no luchar por una revolución social que uniera a judíos y no judíos explotados en una causa común.
"Los colonos no eran enviados a donde había memoria histórica, sino a donde las potencias estuvieran dispuestas a otorgar tierra, siempre lejos de las clases dominantes de los países de origen."
— Alex Bein, Theodor Herzl: A Biography
Incluso los proyectos de colonización rural judía en Argentina, promovidos por el barón filántropo Maurice de Hirsch a fines del siglo XIX, fueron vistos por sectores del sionismo como posible embrión de un futuro Estado nacional judío. En la provincia de Entre Ríos se fundaron aldeas agrícolas como Moisés Ville, que despertaron el interés de quienes creían en una "normalización económica" de los judíos mediante el trabajo rural.
"Argentina, para muchos colonos, ofrecía la paz que Europa negaba. Para los sionistas, ofrecía también tierra barata, trabajo y control."
— Haim Avni, Argentina and the Jews
Este enfoque territorialista, que priorizaba cualquier ubicación ofrecida por el imperialismo antes que una solución revolucionaria en los países de origen, explica por qué el sionismo fue rechazado con contundencia por los movimientos socialistas judíos: porque renunciaba a la lucha de clases y se subordinaba a los designios de las grandes potencias.
Estos antecedentes prueban que el sionismo no tuvo desde el inicio un vínculo esencial e ineludible con Palestina, sino que buscaba una salida territorialista al problema judío, dentro de un marco colonialista, donde lo importante era fundar un Estado burgués "propio", en algún lugar bajo tutela imperialista. Solo cuando Palestina se volvió viable geopolíticamente —gracias al apoyo británico tras la Declaración Balfour de 1917— se impuso como objetivo exclusivo del movimiento sionista.
La elección final de Palestina no respondió a razones místicas, sino a una combinación de elementos históricos manipulados y de intereses estratégicos. Palestina estaba bajo dominio otomano y, posteriormente, británico. Fue el imperialismo británico, a través de la Declaración Balfour de 1917, quien otorgó legitimidad internacional al proyecto sionista. Esta declaración, que prometía apoyo británico a "un hogar nacional judío" en Palestina, fue una moneda de cambio en las negociaciones imperialistas de la Primera Guerra Mundial.
La colaboración entre el sionismo y el imperialismo británico no fue un accidente, sino una alianza estructural. La dirigencia sionista se comprometió a actuar como una fuerza colonial aliada del Imperio británico, al estilo de otros proyectos de colonos europeos como los Boers en Sudáfrica o los pieds-noirs en Argelia. Esta función se mantuvo tras la creación del Estado de Israel en 1948, cuando el sionismo se integró de forma orgánica al orden imperialista encabezado por Estados Unidos, convirtiéndose en una potencia regional al servicio de sus intereses en el Medio Oriente.
El sionismo, entonces, no puede entenderse al margen de su contenido de clase y su función colonizadora. No fue un movimiento de liberación de un pueblo oprimido, sino una forma de reacomodo de las élites judías ante la crisis del antisemitismo europeo. En lugar de combatir el antisemitismo desde la lucha obrera y socialista, el sionismo optó por construir un Estado étnico excluyente, asentado sobre la expulsión y la opresión del pueblo palestino.
Como lo explicó Tony Cliff en su obra sobre el sionismo:
"El Estado de Israel es una herramienta del imperialismo y el producto de una ideología que niega la lucha de clases. Su nacimiento fue inseparable de la limpieza étnica, de la negación de los derechos de millones de palestinos y de la subordinación de los trabajadores judíos a su propia burguesía".
El carácter reaccionario del sionismo no reside sólo en sus resultados históricos, sino en su naturaleza misma como proyecto burgués. Como explicó Isaac Deutscher, militante comunista judío no sionista:
"El sionismo fue un callejón sin salida. Cuando los judíos debían unir su destino al de los trabajadores del mundo, el sionismo les ofreció un nacionalismo desesperado y reaccionario. Fue el sustituto del socialismo para los asustados".
Durante las primeras décadas del siglo XX, mientras las masas judías se enfrentaban a condiciones de miseria, persecución y desplazamiento, el movimiento sionista avanzaba en su alianza con las potencias coloniales para asegurar la implantación de un enclave judío en Palestina, sin importar que este proyecto implicara la negación de los derechos del pueblo palestino. Ya en 1921, Vladimir Jabotinsky, ideólogo del sionismo revisionista y precursor de la derecha israelí, expresaba abiertamente:
"El sionismo es una aventura colonial y no debe avergonzarse de ello. Cada colonización debe estar protegida por una muralla de bayonetas. Si alguien rechaza esa muralla, renuncia a la colonización... La colonización sionista solo puede avanzar bajo el amparo de una fuerza ajena al país, una fuerza de bayonetas".
Este cinismo brutal revela que el sionismo no tenía una pretensión........
