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No encuentro la palabra

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Después de seis años de guerra en la segunda mundial, se descubrió un hecho que permitió describirla con una sola palabra toda ella: holocausto. En esta ocasión, en mis casi nueve décadas de vida, no encuentro palabra alguna capaz de calificar lo que sucede desde el 8 de enero hasta hoy, porque incluso la palabra aberración resulta insuficiente. Hoy mismo, llega a mi conocimiento que ese individuo cuya condición no encaja en la figura de ningún personaje conocido de la historia de esta civilización después de Atila, rey de los Hunos, que ha dicho al papa que está con el crimen.

Pero no es el lenguaje ya lo que me preocupa se desborde. El mundo ha perdido su frágil equilibrio. Lo que ocurre es que cuando la realidad sobrepasa todo lo imaginable, la moderación en la palabra, aun escrita, es una forma de indecencia. Por eso la evito.

Se dirá que exagero. Pero la exageración no es aquí una desmesura, sino la única forma de expresar la desproporción de lo que sucede. A menudo la tibieza o la sobriedad equivale a mentir.

Dos voluntades inequívocas, la de un judío y un yanqui de origen escocés, han generado unas condiciones en dos cunas de la historia: Israel e Irán, más allá de la política y de la propia guerra. No buscan imponerse en un amplísimo espacio de Asia, sino redefinirlo o destruirlo. En ese gesto, el mundo es el escenario de una prueba donde lo que está en juego no es la victoria, sino la posibilidad misma de desaparecer esa región e incluso el planeta entero.

Como advirtió Michel Foucault, "el poder decide sobre la vida". Y en esa deriva, la excepción deja de ser un recurso transitorio y se establece como normalidad. Todo se suspende porque todo ha sido previamente vaciado de fundamento.

Aquí es donde la intuición de Cioran adquiere su peso más insoportable: no asistimos solo a una crisis histórica, sino a un estado de fatiga más profunda, casi metafísica, donde la destrucción responde a una decisión deliberada.

De modo que, al final del discurso, lo verdaderamente escandaloso resulta que no es la violencia, sino la pasividad con la que empieza a contemplarse.

Por eso, endurecer el lenguaje no es un exceso: es el último recurso de la indignación personal y colectiva. Pues suavizarlo, ahora, sería conceder que todo esto que sucede es aceptable.

Por lo que el lenguaje, la crítica, el análisis, no son lo que se desborda: es el mundo el que ha perdido el centro. Y cuando la realidad es excesiva, toda mesura en la palabra es una forma de indecencia.

Se dirá que exagero. Pero la exageración no es aquí una desmesura, sino la única forma de tratar la desproporción de lo que acontece. Hay situaciones en que la moderación, verbal o escrita, equivale a mentir y a engañarse.

Dos voluntades infames conscientes han llevado el conflicto más allá de la política. No buscan imponerse en un tablero común, sino redefinirlo o destruirlo. En ese gesto, el mundo deja de ser mundo para convertirse en el escenario de una prueba donde no es la victoria lo que está en juego, sino la posibilidad de seguir existiendo.

Por eso, endurecer el lenguaje sin contemplaciones no es un exceso: es el último recurso de la resistencia frente al disparate descomunal. Porque suavizarlo en este estado de cosas equivale a aceptar como normal lo monstruoso.


© Aporrea