Estudio sobre cómo transformar el mundo
Me dispongo a hablar de utopías. De las que siguen siéndolo y de aquellas otras que, después de haber sido consideradas durante mucho tiempo fantasías irrealizables, terminaron incorporándose con toda naturalidad a la vida de los hombres.
Es difícil encontrar un articulista, un pensador o un intelectual —algunos de ellos célebres— que no haya escrito alguna vez sobre la necesidad de transformar el mundo. Sus razonamientos pueden ser impecables; sus denuncias, justas; sus propósitos, incluso admirables. Pero casi todos se detienen precisamente allí donde debiera comenzar la verdadera transformación.
Porque transformar el mundo exige preguntarse por aquello que nuestra civilización considera intocable: la libertad.
Desde hace siglos se nos ha enseñado que la libertad constituye el fundamento mismo de la sociedad civilizada. Sobre ella se edificó el liberalismo político; sobre ella, el mercado competitivo; sobre ella, finalmente, buena parte de la organización económica y social de Occidente.
Y, sin embargo, pocas veces nos preguntamos: ¿libertad de quién y para qué? La famosa pregunta atribuida a Lenin "¿libertad, para qué?»— contiene bastante más sustancia de la que suele reconocérsele. Porque la libertad considerada en abstracto es una palabra magnífica; pero la libertad aplicada a sociedades profundamente desiguales es algo muy distinto.
La libertad del poderoso no tiene las mismas consecuencias que la libertad del débil.
La libertad de quien posee capital, medios de comunicación, influencia política o capacidad económica para condicionar a millones de personas no es comparable con la libertad del ciudadano que depende de un salario, de una hipoteca o simplemente de conservar su puesto de trabajo.
Por eso resulta relativamente fácil escribir sobre las injusticias del mundo. Basta cierta erudición, sensibilidad y oficio. Durante siglos nos conmovieron los predicadores de la caridad cristiana, los humanistas y los moralistas. Hoy nos conmueven los intelectuales que denuncian la pobreza, la desigualdad, las guerras o la destrucción de la naturaleza.
Pero conmover no equivale a transformar.
Decir que hacen falta más médicos, mejores maestros, ciudadanos más responsables o gobernantes más honrados puede ser cierto. Lo que ya no resulta tan frecuente es preguntarse qué estructura social produce precisamente lo contrario.
Si queremos transformar realmente la sociedad no basta con corregir sus efectos. Hay que intervenir sobre sus causas.
Y una de esas causas fundamentales es, a mi juicio, la libertad ilimitada de quienes poseen mayor capacidad para ejercerla.
No hablo de la libertad interior del individuo, de su pensamiento, de sus convicciones, de su derecho a imaginar,........
