Los rostros de la fe VI: La mujer encorvada
“Jesús enseñaba en una de las sinagogas en el sábado. Y he aquí una mujer que tenía espíritu de enfermedad desde hacía dieciocho años andaba encorvada y de ninguna manera se podía enderezar. Cuando Jesús la vio, la llamó y le dijo: —Mujer, quedas libre de tu enfermedad. Puso las manos sobre ella, y al instante se enderezó y glorificaba a Dios”. Lucas 13:10-13.
A veces los sufrimientos irrumpen en la vida como una tormenta desplegando toda su fuerza y su furor. Luego, como tormenta que pasa, nos dejan devastados y es necesario levantarnos de nuevo, desde los cimientos. Hay otros sufrimientos que como una pequeña semilla comienzan a crecer dentro de nuestro ser y, poco a poco, se van haciendo más grandes y más profundos; se quedan a vivir permanentemente con nosotros. Dieciocho años con un padecimiento no describen una crisis; son una vida reorganizada alrededor del dolor. Aquella mujer no atravesaba un episodio pasajero, sino una condición que había moldeado su postura, su manera de caminar y quizá hasta la forma en que los demás la miraban; ya no era simplemente una mujer, era la mujer encorvada.
El ser humano fue creado para caminar erguido, con la cabeza levantada hacia Dios, y las Sagradas escrituras lo expresan con esa belleza antigua capaz de consolar al corazón herido: “Mas tú, Señor, eres escudo alrededor de mí; mi gloria, y el que levanta mi cabeza.” Salmo 3:3. Cuando la cabeza se mantiene baja demasiado tiempo, el alma aprende a mirar hacia el suelo; sin embargo, el diseño original del Creador no fue la curvatura, sino la verticalidad, símbolo de dignidad. 18 años es un período lo suficientemente largo como para que la deformidad deje de ser evento y se convierta en identidad. No se trata de una mujer enferma, se trata de una mujer que vive doblada. No se trata de una escoliosis prolongada, se trata de la humanidad de una mujer que ha perdido su eje.
Vivimos atravesados por fracturas visibles e invisibles, donde la aflicción no es excepción sino experiencia compartida. Jesús mismo no lo negó; lo afirmó con sobriedad y........
