Soltera en la ciudad de la furia y el sistema de salud
“10 gotas de salbutamol, 10 de budesonida, 3 cc de solución fisiológica; respiro despacio”. Una jauría de pájaros crepitantes se agolpan entre mi pecho y la espalda. Intento por todos los medios gastar el mínimo de energía posible para no fatigarme. El poco oxígeno que logra pasar por mis bronquios me mantiene activa. Cada medicamento es vertido en el inhalador portátil que me compré para cuando hubiera una crisis. Sé que aún no estoy en ese punto, pero si no me cuido, el asma puede escalar de nivel. Las enfermedades respiratorias están a la orden del día. Venezuela es uno de los países con más asmáticos de toda la región de América Latina. Estar enferma me hace pensar que tengo 35 años acompañada de ella; se parece tanto a mi mejor amiga y siempre aparece luego de una hecatombe emocional que se junta con el resfriado a causa del frío de este enero sombrío en mi país.
Viene a mi mente el recuerdo de la niña que fui, sentada en una camionetica rumbo a la Av. Roosevelt, a la Clínica de los Ciegos. Casi hora y media de travesía para llegar del municipio Baruta al Libertador, a esa pequeña clínica donde las consultas eran a módicos precios y mis padres podían costearlas. Recuerdo caminar con mamá, paso a paso, lentamente, en medio de la pepa de sol y el dolor fortísimo de mi espalda por el esfuerzo de mis atrofiados pulmones, tratando de mantener el mínimo esfuerzo y llorando de dolor, de miedo, de angustia, mientras madre me decía: “ya casi llegamos”. Imagino lo difícil que era para ella verme así. Ser asmática es una condición dura para quien la vive, pero más para quien la acompaña. Madre, por supuesto, era la responsable de nuestro cuidado y bienestar; padre solo llamaba de vez en cuando para saber si todo había salido bien y generalmente no acompañaba, porque estar con las “chinas” era cosa de mujeres.
Hoy, de adulta, cuando me toca costearme los medicamentos, pienso en lo jodido que debe ser para una familia cubrir una de las tantas crisis de una infancia en asma. También reconozco el esfuerzo de los viejos, porque no solo se trataba de parar la enfermedad en su pico más alto, sino de lo que venía luego: el cuidado, el reposo, los días en cama y los costosos medicamentos que acompañan el tratamiento de una afección respiratoria. Inhalador Ventide, Budecort, budesonida, azitromicina, antialérgico, jarabe para la tos, etc., etc., etc.
Ayer conversaba un poco con la neumonóloga que me atendió, de esas que yo llamo old school, cuya consulta mínimo dura una hora. Se ve que es una de esas médicas que ama su profesión y está allí por voluntad de ayudar. Como siempre, yo busqué cháchara y, en medio de la conversa, sus palabras me golpearon: “Es insostenible. En el hospital donde trabajo solo estoy dos días, porque aunque me encantaría estar al servicio completo no puedo llenar la nevera con los tres dólares que pagan. Por mucho tiempo mis alumnos me dijeron que me fuera del país, me llamaban de todos lados y yo decía: ¿para qué?”. Al terminar, podía reconocer esa sensación de no querer irte, de seguir en esta hermosa Venezuela de desdichas y de la aceptación resiliente de quienes nos hemos quedado. Hablamos mucho; mientras me revisaba, yo repasaba una vida siendo asmática, y era tan inevitable pensar en los costos de la salud en este país y en el mundo.
La salud, como derecho humano, tan necesaria y vital para que la vida continúe y tan costosa. Venezuela, a pesar de los pesares, tuvo en algún momento un sistema de salud fortalecido. Recuerdo ser atendida en hospitales y ambulatorios equipados, con médicos entrenados y con medicamentos que podías costear. Vale la pena recordar que, en contextos donde el sistema de salud es frágil o excluyente, la enfermedad deja de ser solo un problema médico y se convierte en una experiencia de vulnerabilidad estructural. No todos los sistemas de salud cuidan, algunos exponen, precarizan y vulneran. No es lo mismo enfermar teniendo recursos que hacerlo cuando cada consulta, cada medicamento y cada examen se pagan con angustia. La desprotección no es un accidente; es una forma de violencia silenciosa que expone algunos cuerpos más que otros. Ahí la enfermedad se cruza con el género, la clase y la ubicación geográfica.
Las mujeres no solo enfermamos, también sostenemos la enfermedad, y nos toca absorber la ausencia del Estado, porque el cuidado se convierte en una estrategia de supervivencia. El sistema no cuida, pero espera que alguien (nosotras) lo haga. Y sí, sostener la salud en Caracas es difícil, en otras partes del país el desafío se multiplica. Allá; donde las distancias no se miden en minutos sino en horas, escasean los centros de salud, faltan médicos o las infraestructuras están en la desidia; muchas familias deben improvisar caminos y soluciones, la salud se convierte en un privilegio urbano.
Escribo mientras la infección respiratoria sigue apoderada de mi cuerpo y espero, cual paciente “paciente”, a que los medicamentos hagan efecto. Quizá escribir ayuda a paliar los resabios de la enfermedad, a sanar un poco mientras pienso en las infancias asmáticas, en los costos de la salud, en las mujeres cuidando. Aunque estoy enferma, la vida para una mujer soltera y madre autónoma en la ciudad de la furia no para: debo lavar, fregar y atender a mi hija, que también está en cama. Mamá y mi hermana bajaron a apoyarme un poco y los afectos preguntan si estoy bien; mientras tanto, yo sigo respirando…
