Soltera en la ciudad de la furia: la maternidad autónoma
—Mamá, cuando estés viejita nos llamaremos todos los días para contarnos cómo nos fue.
—¿Todos los días? No, yo estaré viajando por el mundo y te llamaré los fines de semana. Además, tienes que vivir tu vida. Cuando seas adulta ni te acordarás de llamarme.
—¿Entonces no quieres que te llame? —responde C., con cara de asombro.
—Hija, ¿no te parece que pasamos suficiente tiempo juntas? En algún momento cada una hará su vida. Para eso te estoy criando, para que vivas la tuya. Claro que nos llamaremos, pero yo quiero viajar, estar conmigo, y seguramente tú estarás igual.
Recuerdo el día en que entendí que la maternidad nunca se acaba. Tenga la edad que tenga, siempre estaré pendiente de ese ser humano que camina, respira y existe en el mundo, deseando que sea feliz y que nada ni nadie le haga sufrir. A mis veinte años, la palabra “mamá/madre” me producía un escalofrío tremendo. Yo no encajaba en el modelo de madre sacrificial que exige la sociedad, esa que vive por y para sus hijos. Mi resistencia inquebrantable contra esa maternidad idealizada marcó los primeros años de mi maternidad; en parte porque mi embarazo no había sido planificado y, además, porque constantemente recibía exigencias sobre cómo debía comportarme, ser y existir como mamá, medida con la vara social invisible de la “buena o mala madre”. Con el pasar del tiempo logré reconciliarme con esa palabra, pero lo hice cuando pude construir una forma de maternar que se pareciera a mí: una que tenía más que ver con lo humanas que somos las mujeres; una maternidad hecha de imperfecciones, sin sacrificios impuestos, libre de culpa obligatoria (no siempre es fácil, pero muchas veces se logra) y alejada de los cánones establecidos.
Hace menos de un año, leyendo a unas feministas mexicanas, descubrí la categoría “madre autónoma”; una manera de nombrar a las mujeres que crían solas, que son jefas de hogar o cuidadoras; un concepto alejado de esa asociación colonial que reduce a las mujeres a un estado civil, como ocurre con la expresión “madre soltera”. Yo, amante del lenguaje y de su potencia política, me sentí reconocida, identificada y dignificada en esa elaboración que no me define por la falta de una pareja —en la mayoría de los casos masculina—, sino por la autonomía con la que ejerzo mi maternidad en mis propios términos. Históricamente, la expresión “madre soltera” no es neutra, surge en la tradición jurídica y moral cristiana que vinculó la legitimidad de la maternidad al matrimonio, marcando a las mujeres que tenían hijos fuera de ese marco como una desviación del orden social. En los códigos civiles latinoamericanos del siglo XIX, heredados del modelo colonial europeo, esta distinción tuvo efectos legales y simbólicos, reforzando la idea de que la maternidad debía estar mediada por un hombre para ser legítima. Así, la categoría no solo alude al estado civil, sino que carga con una sanción moral y una jerarquización de las familias que aún, dos siglos después, sigue pesando.
La categoría madre soltera tiene una significación simbólica que implica la producción de una narrativa de vulnerabilidad permanente hacia quien la porta, ya que no nombra simplemente a una mujer sin pareja; por el contrario, coloca a las mujeres en un lugar de carencia: dejamos de ser vistas como sujetas autónomas y pasamos a ser leídas desde la falta. Nos falta un hombre, nos falta un sostén, nos falta una estructura. En el plano laboral, esa lectura se traduce en sospecha. Se presume menor disponibilidad, mayor carga, menor compromiso. No se cuestiona la ausencia del padre como problema estructural, sino la autonomía de la madre como riesgo. El sistema económico continúa organizado bajo la ficción de la familia nuclear tradicional, y todo aquello que se salga de ese molde aparece como inestable o improductivo. En el plano afectivo, la categoría también opera como estigma, una madre sin pareja suele ser leída desde dos extremos; o estás desesperada por “conseguir un papá para el carajito”, o te perciben como “facilona”, más disponible en términos sexuales, pues un hijo significa que no es “casta y pura”, o por lo menos no es lo que a simple vista demuestra la criatura.
Al revisar la realidad venezolana, se evidencia que son las mujeres quienes sostienen la economía doméstica, la crianza y la estabilidad emocional de millones de familias. Se estima que alrededor del 65 % de los hogares en el país están encabezados por mujeres, lo que refleja no solo la responsabilidad que históricamente asumen, sino también un problema estructural que no se nombra: el de las paternidades ausentes. La frase “madre soltera” insiste en la ausencia masculina como centro; el lenguaje subraya lo que no está. Pero ¿qué ocurre si desplazamos el eje? Si, en lugar de definirla por la falta, la definimos por su capacidad de decisión, de agencia y de resolución ante la vida —lo que viene a ser una “madre autónoma”—, no se romantiza la carga ni se niegan las dificultades que enfrentamos las mujeres al maternar; sí se reconoce la responsabilidad que asumimos con nuestros hijos e hijas en el plano económico, afectivo y sociocultural.
Mientras friego los platos, reflexiono sobre todo lo que me ha tocado resolver: el estrés acumulado, la lista del mercado, que llegue el agua para lavar, los trabajos por corregir de la universidad, las comidas sin harinas, los viajes a la playa. Mientras tanto, C. me habla de su día, de sus amigas, de los amores adolescentes, de las tareas; yo la escucho y pienso que mi cerebro es una computadora con mil ventanas abiertas, prestando atención a cada palmo de su vida y de la mía. Concluyo que me siento orgullosa de mí. Tengo claro que no soy una supermujer, pero ver a mi chama tan grande, tan auténtica, tan ella, me hace sonreír y decirme que lo he hecho enormemente bien con mi maternidad autónoma. Y lo más importante: ella sabe que su madre es humana y que, además de mamá, primero es mujer.
