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Viva Bibi

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27.02.2026

Benjamín Netanyahu es el eje de la política de Israel desde hace por lo menos treinta años, desde que asumió por primera vez el gobierno, en 1996, con 46 años, el Primer Ministro más joven de la historia reciente; más admirable es haberlo conservado por más tiempo, con breves intervalos, casi veinte años, en un país caracterizado por la volatilidad política.

Aun conduce la guerra más larga que ha enfrentado el país, en siete frentes, llevándolo a vencer en todos ellos, sin que nadie lo haya reconocido, ni los derrotados, por supuesto, pero tampoco los observadores, prestos a condenar a Israel, haga lo que haga, pero que no admiten sus victorias, por dificultosas y heroicas que sean.

También es el líder más vilipendiado: No hay insulto, epíteto o descalificación que no le hayan endilgado, en los medios de comunicación, en el foro político por excelencia, la Knesset, incluso en los tribunales de justicia, aunque las demandas de la oposición sean la confesión más flagrante de que no pueden ganarle las elecciones. Claro, si pudieran, no irían a los tribunales, contando los pocos votos de jueces parcializados políticamente.

No les importa que los casos sean cosidos con alfileres, los cargos ridículos y traídos por los cabellos, pues lo que les interesa es tener a Netanyahu sentado en el banquillo de los acusados para fundamentar la narrativa de que es reo de la justicia, acusado de algo, lo que sea, para hacer con esto burda propaganda, además de dificultar hasta lo imposible la acción del gobierno, que tiene que distraerse atendiendo juicios.

Se ha llegado al colmo de argumentar que es necesario y conveniente procesar a Bibi en Israel para inhibir la acción de la Corte Penal Internacional que, como se sabe, tiene carácter supletorio y puede intervenir sólo cuando el sistema judicial del propio país del acusado es incapaz de juzgarlo. Ignorando que la CPI es otro instrumento de la ONU, que se lanza contra Israel porque es la línea política socialista, seguida por Antonio Guterres, Secretario General y jefe del inefable fiscal Karim Khan, un musulmán radical.

La CPI admitió la solicitud de aprehensión hecha por Karim Khan, velozmente le dio curso y emitió un auto de detención contra Netanyahu, que sigue vigente, aunque el fiscal fue suspendido del cargo e investigado por acoso a sus subalternas, es notoriamente corrupto y prevaricador, su petición viciada de nulidad porque incluye a personas en ese momento ya fallecidas y sólo por eso debió redactarse de nuevo, además de estar basada en infundios desvirtuados por la propia ONU.

Dicho sea al pasar, el fiscal Karim Khan nunca encontró el menor indicio que condujera a tomar alguna medida contra Nicolás Maduro, detenido después que Bibi recibiera el año nuevo con fuegos artificiales en Mar-a-Lago, junto al Presidente Trump. La CPI no ha tomado debida nota de este escandaloso contraste de criterios.

Es que los socialistas nunca y en ninguna parte han creído en la Justicia. Prefieren creer en decisiones “autoritativas”, por no decir autoritarias, que es lo que son, de acuerdo con las cuales los jueces construyen la realidad con sus sentencias. Nadie es culpable o inocente per se sino que un juez lo vuelve culpable o inocente por su decisión.

En esta misma línea se inscribe la solicitud de indulto para Bibi, primero, por iniciativa del Presidente Trump y luego de la Oficina del Primer Ministro ante el Presidente de Israel, Isaac Herzog, que ha demorado su respuesta quizás por lo embarazoso del asunto.

La petición de Trump es extraña porque él mismo enfrenta más de 32 juicios en EEUU, tan rebuscados como los de Bibi, que al menos sólo enfrenta 4; pero además, si el indulto es un perdón, aquí no hay nada que perdonar, porque Bibi no ha cometido delito ni falta alguna, así que un indulto es improcedente.

Personas imparciales dicen que los juicios deben llegar hasta el final para poner de relieve su futilidad, lo que implica gran confianza en el sistema judicial. Otros, piensan que los juicios deben seguir su curso y que ojalá la Corte lo condene, porque esa sentencia no caerá sobre Bibi sino sobre ella (para su infamia eterna), confirmando lo que unos saben y los demás sospechan: que esos jueces están motivados políticamente, que han sido cooptados por los partidos y actúan a conciencia, sí, pero desfigurada por una ideología socialista. En Venezuela, no sorprenden las decisiones de la Corte Suprema de Israel, porque aquí también tenemos una.

Otra acusación recurrente contra Bibi es que sabía lo del ataque del 7 de octubre de 2023 y que lo permitió por ciertos oscuros y nunca bien especificados intereses políticos. Hay informes de inteligencia, alertas tempranas, avisos, sospechas, indicios; pero claro, todo eso se tiene ahora respecto a Irán y no hay nadie medianamente informado que no crea que Irán va a atacar a Israel en algún momento, pero, ¿cuándo será eso?

Lo cierto es que los aficionados a profetizar el pasado tropiezan con el sentido común que nos dice que después que ocurren las cosas cualquiera las puede saber, pero antes no.

Los politólogos suelen dedicar alguna consideración al factor sorpresa, en política y en la guerra en especial. Ninguno lo subestima, porque las condiciones para que se produzca pueden elaborarse con mucha anticipación y astucia. Sería demasiado arduo analizar ejemplos ya clásicos como Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941, Yom Kippur, el 6 de octubre de 1973 o las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001.

El quid de la cuestión es que no hay certeza de lo que hará el adversario por la sencilla razón de que es imposible saber lo que otro está pensando. Esta acusación sería cómica y podría desecharse sin más si no fuera por las fantásticas especulaciones de los creadores de teorías conspirativas y lo sugestivas que pueden ser incluso para personas inteligentes.

Bibi nos enseña cosas mucho más simples y evidentes, que nadie quiere ver, por ejemplo, lo que podríamos llamar El principio de exclusión de Netanyahu, que podría rezar así: “Sólo un Estado, a la vez, puede ejercer soberanía sobre el mismo territorio”. Su corolario sería: “Quien quiera fundar otro Estado, que lo haga en otro lado.”

Principio que todos los Estados aceptan y aplican para sí mismos pero que por alguna razón misteriosa le niegan al Estado Judío de Israel. El único en el mundo al que no se le reconoce soberanía para ubicar su capital, Jerusalén, y tantos con solemnidad vaticana le replican que no, que la capital de Israel es Tel Aviv.

El corazón y origen histórico del judaísmo, Judea, es “territorio ocupado”, y la presencia de judíos allí es “contraria al Derecho Internacional”. Asimismo Samaria, Gaza, etcétera, a despecho de lo escrito en La Biblia, el catecismo y otro largo etcétera.

No se sabe si reír o llorar al oír decir a alguien, con aire profesoral, que éste o aquél grupo humano es “un pueblo” y “por tanto” tiene derecho a la soberanía y la autodeterminación. Pues no, no lo tiene. El principio de autodeterminación de los pueblos se reconoce como fundamental en la comunidad de los Estados, no fuera de ella.

Primero tiene que constituirse en Estado y sólo después tener derecho a la independencia, autodeterminación, soberanía, no al revés. El error es confundir al componente personal del Estado (el pueblo), con cualquier colectividad humana que puede deambular de aquí para allá, entre uno o varios Estados, considerándose a sí misma como “pueblo”, pero sin organización política, autoridad legítima, supremacía territorial, en fin, sin soberanía.

Se puede decir sin ningún temor a errar que Bibi tiene su lugar en la Historia Universal.


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