La unidad como fundamento de la gobernabilidad: el reto histórico de María Corina Machado
María Corina y la unidad no solo para llegar, sino para gobernar.
Las elecciones en Venezuela no pueden seguir siendo una aspiración lejana ni una consigna pospuesta, constituyen una necesidad histórica y moral inaplazable, solo a través de un proceso electoral libre y verificable podrá iniciarse la construcción efectiva de la nueva República, porque, si algo debería unirnos hoy más allá de posiciones ideológicas o personales, es la conciencia de que los horrores de la tiranía aún no han terminado, el país sigue herido: más de quinientos presos políticos, civiles y militares, purgan años de infamia en cárceles donde la tortura se ha institucionalizado como método de control.
Ahora bien, el rostro del régimen ha cambiado o se ha matizado un poco después del 3-E, pero su naturaleza no, la permanencia de figuras como Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello dentro del poder constituye evidencia de que todavía no hay transición, sino continuidad disimulada, son los mismos operadores de un sistema político edificado sobre el engaño, la manipulación y la represión, como bien escribió Hannah Arendt , “la mentira organizada tiende a convertirse en principio de acción política”. En Venezuela, esa lógica se consolidó hasta convertirse en doctrina de Estado, por eso, la libertad de la nación no depende solo del fin de un gobierno, sino del desmontaje de la cultura de la mentira que lo sostiene.
En consecuencia, el tránsito hacia la libertad no podrá cumplirse sin unidad real, una unidad que no sea consigna de campaña ni artificio electoral, sino que se entienda como un mandato histórico de supervivencia colectiva, no se trata solo de sumar votos, sino de sostener un proyecto de gobernabilidad estable y ético, capaz de reconciliar a una sociedad fracturada, la filósofa Simone Weil planteaba que “la unidad verdadera nace de la cooperación de los diferentes en torno a lo esencial”, ese esencial, en nuestro caso, es la reconstrucción moral, institucional y económica del país.
En este contexto, María Corina Machado encarna un liderazgo singular, su madurez política alcanza una dimensión que trasciende las fronteras nacionales, en ella se reconoce la introspección de quien ha comprendido que el poder no es un fin, sino un deber histórico, su liderazgo no se forjó en el confort del cálculo político, sino en la adversidad y la persecución; por eso hoy proyecta la posibilidad de una conducción moral antes que personalista, capaz de convocar a todos los sectores sociales: pobres y ricos, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, de izquierdas y de derechas, incluso a quienes en algún momento creímos en el proyecto mal llamado bolivariano y hoy aspiramos redención en la verdad y la justicia.
Por tanto, esta unidad para ser fecunda debe despojarse de hegemonías partidistas, de amiguismos o nepotismos, la Venezuela que renace no puede volver al modelo de apropiación partidista del Estado ni repetir el ciclo de sectarismo que arrasó con las instituciones y sembró odio entre los ciudadanos, porque, como nos advirtió Rómulo Betancourt, “la democracia no puede fundarse sobre la exclusión, sino sobre el pluralismo de los mejores”, esa debe ser la ruta: una unidad que no excluye, sino que selecciona con inteligencia y compromiso, con la mirada puesta en el bien común y no en las cuotas de poder.
Así pues, el momento que vive el país es el más significativo de su historia reciente, está en juego no solo el futuro político, sino el alma misma de la nación, hemos atravesado el despojo y la humillación, pero también hemos aprendido que sin la unión consciente, racional y emocional de los venezolanos no habrá reconstrucción posible, la unidad que seplantea no es táctica: es existencial.
De allí que María Corina Machado tenga la tarea de conducir ese espíritu de reconciliación hacia un proyecto de gobernabilidad que restaure la confianza perdida, y todos sin excepción compartimos la responsabilidad de que esa unidad no sea solo un discurso, sino una práctica diaria en la política, en la economía y en la vida ciudadana, solo así, cuando el poder vuelva a tener un sentido ético, podremos decir que comenzamos realmente a gobernar, no a dominar.
En esta línea, la gobernabilidad democrática no puede entenderse solo como la administración eficiente del poder, sino como la creación permanente de condiciones para la convivencia, la justicia y el respeto mutuo, gobernar en democracia implicara articular el disenso, reconocer al otro como interlocutor y garantizar que las instituciones sean más fuertes que los liderazgos, esa es la esencia del pacto civilizatorio que Venezuela necesita restaurar, en consecuencia, la gobernabilidad que exige el nuevo tiempo venezolano no se sostiene en la imposición, sino en la legitimidad; no en la obediencia ciega, sino en la confianza racional de los ciudadanos hacia un Estado justo, transparente y responsable, se requiere un pacto republicano que reconcilie libertad con autoridad, eficiencia con participación, meritocracia con justicia social, solo así podrá cerrarse el ciclo de confrontación que destruyó la nación.
Por fin, María Corina Machado debe guiar ese proceso no solo como líder política, sino como garantía de un modelo donde el poder resulta distribuido, fiscalizado y al servicio de todos, su legado podría ser precisamente ese: fundar un nuevo paradigma de gobernabilidad democrática, donde más allá de los nombres y los partidos, prevalezca una cultura republicana que sustituya el miedo por la esperanza, la obediencia por la responsabilidad, y la indiferencia por la acción cívica consciente.
En definitiva, gobernar democráticamente en esta Venezuela que renace equivaldrá a entender que la autoridad no se impone desde la lógica del partido en el poder; se conquista día a día con justicia, con verdad y con respeto al ciudadano, las malas experiencias de los partidos que aplastan y no toleran a los otros no deben repetirse nunca más en la historia nacional, solo una gobernabilidad democrática basada en la unidad y la gobernabilidad podrá abrir las puertas de la verdadera República que los venezolanos merecemos.
