Por qué es tan difícil entender
Hubo un tiempo, que hoy parece remoto, en que informarse era un rito de contornos precisos. El día comenzaba con el periódico matutino, escogido según la afinidad ideológica o el gusto por cierta prosa. Camino al colegio de los hijos o a la oficina, la radio entregaba las novedades de la hora. Y al caer la tarde, de vuelta en casa, el televisor completaba la jornada. Las semanas se redondeaban con las revistas: quien quería asomarse al mundo tenía The Economist, Time o Newsweek; quien prefería el cotorreo de los salones, el ¡Hola! Uno se acostaba con la sensación de estar bien informado.
Conviene, sin embargo, desconfiar de aquella certeza. El lector de entonces también elegía las noticias que quería leer y, por tanto, habitaba su propia burbuja, aunque la llamara criterio. Pero existía un orden: las fuentes eran escasas, reconocibles y tenían responsables identificables. Aquel orden informativo era, en el fondo, el reflejo de un orden cívico. Cuando uno se resquebraja, el otro suele acompañarlo.
En Venezuela ambos colapsaron al mismo tiempo. La prensa escrita prácticamente desapareció. ¿Quién compra hoy en un quiosco El Nacional, El Universal o Últimas Noticias? ¿Y qué decir de las revistas, de aquella Élite o aquel Momento que........
