Cuando la tierra también se cansa
Hay tragedias que, aunque llegan de improviso, encuentran todo preparado para multiplicar su devastación.
Los dos terremotos que sacudieron a Venezuela el pasado 24 de junio no solo movieron la corteza terrestre. Sacudieron la fragilidad de un país que lleva veintisiete años viendo derrumbarse, poco a poco, mucho antes de que cayera el primer edificio. Los dos sismos, de magnitudes 7,2 y 7,5, ocurrieron con apenas 39 segundos de diferencia, se convirtieron en los más potentes registrados en el país desde comienzos del siglo XX.
Un terremoto no distingue ideologías. No pregunta por partidos políticos. No vota. Pero sí encuentra lo que los seres humanos hemos construido… o destruido.
Mi bisabuelo, el doctor Melchor Centeno Graü, dedicó buena parte de su vida al estudio de la sismología venezolana. En la primera mitad del siglo XX publicó una obra monumental, Estudios Sismológicos, en la que analizó el comportamiento de los terremotos en nuestro país y estudió las posibles secuencias temporales de la actividad sísmica venezolana.
Entre sus conclusiones señalaba que Caracas parecía experimentar movimientos destructivos aproximadamente cada cincuenta o sesenta años —como el terremoto de 1967, que marcó a toda una generación— y terremotos verdaderamente catastróficos alrededor de cada dos siglos, como el devastador sismo del Jueves Santo de 1812.
Mientras recordaba esos estudios en estos días, no pude evitar pensar una frase sencilla y escalofriante:
No porque la sismología permita predecir fechas. La naturaleza no funciona como un reloj. Pero los ciclos que estudió mi bisabuelo nos recuerdan que los terremotos no son hechos extraordinarios. Son parte de la historia geológica de Venezuela. Lo extraordinario debería haber sido nuestra preparación.
Y........
