La urea de Trump
Crees que la urea no es importante. Hasta la de Trump lo es
Hemos llegado a esto porque Mr. Trump se empeña –él y los suyos– en marcar territorios. Como haría un perro
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Que vienen los presupuestos
María José Fuenteálamo
Se cuenta de Friedrich Wöhler que, de joven, era algo rebelde. Quizá sólo es parte de la leyenda de este químico alemán, hijo único de un veterinario, descubridor de una sustancia química que cambió la historia de esta disciplina y de la agricultura para siempre.
Rebobinemos a 1828, el joven Friedrich –había nacido con el siglo– iba a cumplir entonces 28 años. Pero ya había realizado, entre otras aventuras científicas, estancias de investigación fuera de su Alemania natal. En concreto, en Estocolmo.
En febrero, le envió una carta a su mentor sueco, el químico más famoso de la época, Berzelius: «He conseguido urea sin necesidad de riñones de perro ni de humano». Seguramente en aquella misiva manuscrita explicó cómo había llegado a su eureka: sin querer. Wöhler trasteaba para otra cosa, buscaba otro compuesto, otro objetivo. Pero la química, como la vida, es así y al mezclar en el laboratorio amoniaco con sales procedentes del cianuro le apareció una sustancia en forma de cristalitos. Al principio no le dio importancia al hallazgo. Pero qué hallazgo.
Aquel joven químico había reproducido en el laboratorio una sustancia natural: la urea, hasta aquel momento sólo localizable en la orina animal (y humana). Wöhler sustituyó al hígado –que fabrica la urea– por probetas y matraces. Fue el comienzo del fin de la teoría vitalista: la que sostenía que las sustancias naturales necesitaban de la voluntad de la naturaleza. El ser humano había comenzado a domesticar esa fuerza. Ya podía imitarla y quizá también ¿dominarla? en el laboratorio.
Por supuesto que Wöhler fue consciente de la grandeza de su descubrimiento. Lo que no podía imaginar hace dos siglos, seguro, es que su revelación química se iba a convertir en el principal fertilizante artificial del planeta. Como una sustancia mágica, no interviene en lo que nace, sino en cómo lo hace: hace crecer con más fuerza los cultivos gracias a su alta concentración de nitrógeno.
La urea se usa también en la industria cosmética, por sus propiedades regenerativas. ¿Todo ventajas? No. A su paso deja una leve impronta contaminante que, igual que su uso, no ha parado de crecer. Pregunten en el Mar Menor.
Si se han fijado en los análisis de nuestros economistas, sabrán que la urea es una de las sustancias que más están sufriendo por la subida del petróleo y el gas debido a la guerra de Irán. No porque el compuesto provenga del petróleo, sino porque, para fabricarse, necesita mucha energía.
Los hígados artificiales del mundo, donde se fabrica la urea que se expande por el mundo para luego penetrar en nuestros suelos, están condolidos y han bajado su producción. El pánico de los mercados se traslada así al campo –subida del precio de los fertilizantes– y a la cesta de la compra –subida por tanto de los alimentos–. Y no, no hay opción de sustituir la urea recogiendo la que tiramos al baño excretada por nuestras vías urinarias.
Pienso en la crisis de la urea y en las elegías rurales que ha defendido Trump, aunque ahora J.D. Vance ha dejado de formar parte de su grupo de confidentes. ¿Son los efectos colaterales de esta guerra un espaldarazo a la agricultura ecológica –la que no usa urea–? Insostenible, nos dicen los expertos.
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Al inquilino de la Casa Blanca, seguramente, le importe poco la urea, si es que sabe lo que es. A nosotros podría pasarnos lo mismo con la suya. Lo que sucede es que hemos llegado a esto porque Mr. Trump se empeña –él y los suyos– en marcar territorios. Como haría un perro. Pero, como con la urea artificial, lo que luego crece en esas zonas no es lo que Trump lanza sobre ellas, sino lo que ya estaba sembrado antes. Y con más fuerza. ●
