El partido que soñaba un caballo de cartón
El partido que soñaba un caballo de cartón
El espejo le ha mostrado a Vox una arruguita, una ligera cana. La joven soñadora se ha topado con un leve signo de madurez
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María José Fuenteálamo
Los partidos nuevos son como el poema de Antonio Machado: «Era un niño que soñaba un caballo de cartón….». Las elecciones, a la larga, o a la media, los despiertan del sueño: «Abrió los ojos el niño y el caballito no vio». Le acaba de ... pasar a Podemos en Castilla y León con su desaparición de las Cortes. Y Vox empieza a constatar que quizá no tiene tan sujeta la crin del suyo.
Ya casi nadie se acuerda, pero hubo un tiempo en el que los españoles íbamos a votar y, si no al día siguiente, a la semana siguiente, el partido que había ganado se ponía a trabajar. Es decir, a gobernar. Ahora la aritmética es otra. Llegaron los pequeños a erosionar a los grandes y, con ello, la gobernabilidad. Es una pena reconocerlo, pero peor sería no hacerlo: no hay más espectro político que el que arde. Por eso, cualquier formación nueva, sobre todo por los extremos, viene a robar. El espacio, me refiero. También es cierto que en política robar –votos– es legal. ¿Qué otra cosa es, si no, el electoralismo? El problema es que los nuevos se han especializado en hacerlo como niños. En concreto, como niños de leche. Llorando y mamando. Habían comprobado en las urnas los de Abascal, o solo Abascal –él no necesita lugartenientes–, que pataleta es igual a papeleta. El que no llora, no mama. Claro que para eso hace falta una teta. Vox lo hace de la del PP. Aunque la succiona con incómodos bocados, necesita a Génova como el aire que respira. Bambú no sería nadie sin los de Feijóo. Es más, aunque diga lo contrario, quiere ser como ellos, dar el 'sorpasso', alcanzar la grandeza y la madurez de sus padres ideológicos, incluso criticándolos. O, sobre todo, criticándolos.
Bambú no sería nadie sin los de Feijóo. Es más, aunque diga lo contrario, quiere ser como ellos, dar el 'sorpasso'
De igual forma que es inevitable el punto de rebeldía del hijo adolescente, lo es que éste se tope de bruces contra la realidad. Con los partidos nuevos sucede igual. Llega una edad, un momento ante el electorado y las instituciones en el que hay que demostrar que uno sabe valerse por sí mismo. Caminar solo. Ganarse el pan. Demostrar que sí, se puede. Aquí estamos esperando que los de Bambú lo hagan. Pero ellos se empeñan en no pactar ni gobernar. Extremadura, Aragón y… ahora Castilla y León. Se les ha ido el tiempo a los verdes no verdes en dar largas, en hacerse de rogar, en jugar al coqueteo. Como una adolescente que retarda 'sine die' su puesta de largo al confiar ciegamente en que su belleza sólo aumentará y aumentará. Posponiendo, una y otra vez, la fecha del baile de gala.
Este domingo, sin embargo, el espejo electoral le ha mostrado a Vox una arruguita, una ligera cana. La joven soñadora se ha topado con un leve signo de madurez en la mirada. Ha sido casi de repente. Se ha encontrado Vox con que no ha crecido lo esperado, lo anhelado. El caballito, que se escapa. ¿Qué ha pasado? Quizá sólo es la vida. La política española. El bipartidisimo. Un PP –en palabras de Sánchez– resiliente. Un puño cerrado del PSOE que aguanta. Reconocer el escenario es también, o sobre todo, hacerse mayor en política.
Los partidos nuevos entienden tarde lo mismo que experimentan todos los niños: que la teta es solo una etapa y que los dientes de leche se caen. Y entonces toca aprender a masticar. Ser y existir más allá de la fase de crecimiento exponencial inicial. De lo contrario, se quedarán en el limbo de los partidos nacientes que no alcanzaron la verdadera madurez.
Vox se ha descubierto mozo en los machadianos campos de Castilla. Tampoco es que Abascal tenga que dejar de soñar –al final, «todo es soñar»–, pero sí demostrar más madurez política para no caerse del caballo.
