La Declaración de Independencia, sin retórica
La Declaración de Independencia, sin retórica
El orgullo histórico se sustituye por el remordimiento. Por tanto, las rayas de la bandera de Estados Unidos ya no parecen tan espléndidos como antes, ni sus estrellas tan resplandecientes
Felipe Fernández-Armesto
En los Estados Unidos acabamos de celebrar el 250 aniversario de la Declaración de Independencia. Y gracias en parte –pero sólo en parte– a las tergiversaciones del señor Trump, el odio al país en el resto del mundo es peor que nunca. Hace cincuenta años, en el bicentenario, recuerdo cómo los párvulos aprendían a recortar banderas nacionales de hojas de papel rojo, blanco y azul y a espolvorearlas con purpurina brillante. Esta vez habrá menos banderas y menos brillantez. El presidente sigue siendo arrogante y autocomplaciente, pero parece que el país ha perdido la confianza en sí mismo. Dentro de la unión federal, las divisiones son más profundas que en cualquier momento desde la guerra civil de los años 1860.
Las contradicciones que agrietan la fábrica del país empezaron con la misma Declaración de Independencia, publicada por supuestos amantes de la libertad, pero que despojaban a sus víctimas, abusaban de sus esclavos, y fundaron un «imperio republicano». Pero a fin de cuentas, aquella Declaración ha venido a ser, tal vez, el documento más influyente de la época moderna, por lo cual vale la pena de estudiarla más detenidamente.
Para comprender los motivos de sus editores, hay que descartar el preámbulo –la única parte que sigue leyéndose– por sus excesos retóricos, propagandísticos y, por lo visto, poco sinceros, y enfocarse en las cláusulas que siguen, donde los revolucionarios explicaron sus verdaderas prioridades. El documento se editó para justificar una rebelión republicana........
