Una corbata de cartulina
Una corbata de cartulina
Ser padre es lo más grande que puede hacer un hombre y deja todas las demás aventuras en pañales, nunca mejor dicho
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Hace ya unos días que venía barruntando la sorpresa. Al entrar en el salón, veía que Palomita, azorada por mi presencia, tapaba con urgencia los trabajos que estaba haciendo. «Papá, no puedes ver esto». Yo pedía perdón y me iba a otro sitio, disimulando. A ... cada poco aparecían por la casa restos de manualidades, cuchicheos, risas por lo bajini y otros signos de algo que estaba ocurriendo a mis espaldas. Anteayer, en el desayuno, Javier se fue de la lengua y confesó que me estaban fabricando una… y en ese momento Macarena, su hermana mayor, le tapó la boca: «Calla, que es secreto».
Por la mañana del Día del Padre se descubrió el pastel. Yo bajaba las escaleras de casa, tambaleante por la falta de sueño, pues había estado leyendo 'Tempestades de acero', de Ernst Jünger, y se me había hecho de madrugada en un tétrico duermevela, por el que se paseaban, sobre un bosque de hayas corpulentas, unos muertos de trinchera, abandonados, secos de sangre negra y piel acartonada como un papiro. Los muertos de los libros se me juntan con los de la realidad y me arman cada pajarraca en las oscuridades de la noche.
La cosa es que era por la mañana y, al poner un pie en la cocina, me asaltaron con un «Felicidades, papá» que fingí recibir con sorpresa. Me regalaron una corbata de cartulina, con una goma para atarla al cuello, pintarrajeada con rotuladores y pompones de colores, dibujos y carteles en los que soy el mejor padre –cómo no iba a serlo, si no tienen otro, al parecer–, y fotos de carné de cuando todos éramos más jóvenes. Rápidamente me planté la corbata encima del pijama y me concedía un aire de payaso de circo, tan cerca y tan lejos de las penumbras del fin del mundo que auguraban los titulares del transistor.
Opinión La derechita diván Chapu Apaolaza
Opinión La derechita diván
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No importa cuánto tiempo pase ni las fantasías del metaverso: las manualidades de los niños hechas para uno –letras con remates de fantasía, palitos de madera, macarrones y legumbres pegadas a la cartulina– encienden un fogonazo en el corazón que asoma en los párpados en forma de lágrima nueva, una lágrima que parece que nunca has llorado antes. Porque la paternidad se presenta siempre así: como si fuera la primera vez, por mucho que uno ya tenga esa edad en la que, si no le duele nada por la mañana, es que está muerto y cada vez le cueste más subir a Javier a hombros.
Por encima de la vida que se va acabando y de las tentaciones de terminarla antes que susurran el demonio y su esposa, la desesperanza, se aparece de pronto, en toda su grandeza, una primavera cargada de futuro, de flores, de pájaros y de risas.
Ser padre, con P y con todas las letras –más allá de esa caricatura de laboratorio de progenitores gestantes o no–, digo que ser padre es lo más grande que puede hacer un hombre y deja todas las demás aventuras en pañales, nunca mejor dicho. Se va diluyendo aquella atrocidad por la que no hay que tener hijos porque contaminan: sin mis hijos y los vuestros, por mí como si vuelan en pedazos el Planeta Tierra, no digo ya el lince o la rana picuda del Amazonas que extinguiría con mis propias manos a cambio de un día de sus vidas.
Hay que ser papá y tener un solo día de cartulinas de colores y corbatas con pompones, para desaparecer después, como San José en el Nuevo Testamento, en un segundo plano, en silencio, en humildad, y dar sentido a la locura de la vida de uno en la vida de los demás. Ser padre significa olvidarse, borrarse, entregarse, y así, muriendo, alcanza uno a sentirse más vivo que nunca.
