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Demasiado humanos

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19.03.2026

Las catástrofes naturales no obedecen a una voluntad ni a una inteligencia que las dirija; el mundo no está hecho a nuestra medida

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Cada catástrofe activa el mismo ritual: buscamos un nombre propio al que atribuir lo ocurrido. Hoy es Carlos Mazón; ayer lo fue el capitán del Prestige, Apostolos Mangouras. La lógica es comprensible, el desastre exige un rostro. La naturaleza no comparece ante los tribunales.

El ... caso del Prestige ejemplifica bien esta pulsión. Mangouras fue detenido en Galicia, pasó meses en prisión preventiva y, años después, fue condenado en el marco de un proceso judicial complejo y controvertido. Se convirtió en símbolo y chivo expiatorio. Recuerdo haber leído una carta suya desgarradora, de agradecimiento a los funcionarios de la prisión en la que estuvo detenido y, al mismo tiempo, una defensa íntima frente a un mundo que ya había decidido. Ese mismo año recibió un reconocimiento internacional como mejor marino del año. La paradoja es perfecta: culpable en un lugar, ejemplar en otro. Un mismo hombre sostenido por dos relatos incompatibles.

Esta necesidad de personalización encubre algo más profundo: nuestra incomodidad ante lo imprevisible. Las catástrofes naturales no obedecen a una voluntad ni a una inteligencia que las dirija; el mundo no está hecho a nuestra medida.

El poder político se mueve en ese terreno frágil. No controla la tormenta ni detiene el mar. Llega siempre tarde, cuando lo real ya ha comenzado a desplegarse. Su tarea no es dominar la naturaleza, sino gestionar sus efectos, prevenir en la medida de lo posible, responder con los medios disponibles y, después, dar cuenta de lo ocurrido. Es un poder menor de lo que imaginamos, pero no por ello irrelevante. El problema comienza después. Cuando el resultado ya es conocido, aparece la ilusión de evidencia. Todo parece claro; todas las decisiones, juzgables; todos los errores, evitables. Es el efecto de Daniel Kahneman y Amos Tversky llamaron «el sesgo retrospectivo».

Construimos así una ficción tranquilizadora, la de un mundo gobernable, donde cada desastre podría haberse evitado con la decisión correcta. Pero esa ficción tiene un precio. Nos impide comprender la verdadera naturaleza del riesgo y convierte la política en un escenario de culpabilidad permanente. Tal vez por eso insistimos en señalar culpables. No para hacer justicia, sino para negar lo evidente, que incluso en sociedades altamente organizadas seguimos siendo, ante ciertas fuerzas de la naturaleza, humanos, demasiado humanos.

M. Victoria Torres. Madrid

El espejo de Torrente

Encuadrar la última película de Santiago Segura en algún género concreto dentro del arte cinematográfico puede ser todo un atrevimiento, empezando por lo de arte. Si Valle Inclán se inspiró en los espejos deformantes del callejón del Gato para satirizar a la sociedad española de principios del siglo pasado, a Segura –salvando las distancias– le ha bastado con colocar un solo espejo bien pulido y sin distorsión alguna para caricaturizar la situación política de esa misma sociedad un siglo después.

'Bochornoso' es el calificativo más reiterado de la película. Es posible, pero ¿no son bochornosas acaso las cada vez más impresentables sesiones del Congreso? ¿Hay alguna diferencia entre el lenguaje tabernario y soez de los actores y el empleado, en directo o en grabaciones, de máximos dirigentes, ministros incluidos? ¿Qué todo es una exageración? ¿Exagera quizá Segura cuando retrata a políticos rodeados de bandidos y macarras? En el espejo de Segura todo lo que aparece no es pura coincidencia. Es algo peor y lo advierte al principio.

José Muñoz Almonte. Sevilla


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