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La prisa homicida

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21.03.2026

Convertimos un paseo en trámite, nos inquieta el silencio como si extendiera una avería, llegamos al porvenir con retraso

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Ángel Antonio Herrera

Hemos logrado el talento homicida de la prisa. Hasta que mañana nos atropelle el infarto, o un patinete. Lo que antes fue impaciencia con cortesía ahora es una prisa estructural y radical. Lo de mañana lo dejamos para hoy. Todo se agita con carácter de ... récord, y los analistas del tiempo nos diagnostican ansiedad funcional, o algo así, entre la productividad compulsiva y el descanso culpable, pero yo veo que estos síntomas, más algún otro de loco reloj interior, los vengo arrastrando desde cuando el domingo ya contenía la dura amenaza del lunes. Somos unos apresurados previos al cronómetro. Vivimos dentro de una prisa medular que es un sinvivir. Esta prisa estructural es ya una desdicha moderna, un éxtasis del nerviosismo nacional de toda la vida, una impaciencia castiza que convierte la espera en agravio y el respiro en sospecha. El clásico nos diagnosticó un tiempo líquido, y es lo que pasa. El que no tiene prisa no es nadie, o bien le ha pedido el cardiólogo la convalecencia. Hay la sensación creciente de que el día va siempre por delante de nosotros. Y esto es como decir que va por delante la vida, que naturalmente se nos escapa. Eso se alivia, en teoría, con organización, que es una fe metódica, pero los malestares del fenómeno son más hondos, creo yo, y se mitigan mal, porque uno corre porque el trabajo aprieta, porque los amigos proponen planes con antelación desvariante, porque las series caducan, porque el mundo pide a cada rato una actualización. La gente tiene agenda, y la obedece. Desayunamos deprisa para ganar minutos siempre perdidos, respondemos mensajes antes de entenderlos, convertimos un paseo en trámite, nos inquieta el silencio como si extendiera una avería, llegamos al porvenir con retraso. Es moda, últimamente, hablar de gestión del tiempo como si el tiempo fuera un empleado díscolo. Y hasta echamos mano de palabrerías inglesas, que suenan a método infalible, para emboscar el viejo miedo a quedarnos atrás. Ya no existe la demora sino la ineficiencia. Yo siempre intuí que mi agitación era un formalismo de responsabilidad, un pequeño heroísmo cotidiano contra el atraso. Pero es prisa homicida. Irme a resolver los tantos días que lleva el día.


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