Aitana Sánchez Gijón, musa de sí misma
Aitana Sánchez Gijón, musa de sí misma
Ha preferido hacer carrera en lugar de fingirla, que es lo que abunda. Y mientras otros se atarean, ella permanece
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Ángel Antonio Herrera
Aitana Sánchez-Gijón es el prestigio con un sosiego, que es como decir que es muchas noticias en una: el teatro, el cine, los clásicos, los premios, las academias. Más esa manera suya de estar en escena como si no pasara nada, cuando en realidad ... está pasando todo. Estamos ante una musa de sí misma. En España seguimos administrando mal el reconocimiento, como si el talento fuese sospechoso, cuando no hace estruendos.
No vamos a discutir ahora si Aitana es o no es Kate Winslet, o Charlize Theron, pero nos da bastante trabajo admitir que si alguna actriz de hondura tenemos, esa es Aitana Sánchez-Gijón. Ahí lleva un carrerón de décadas, y levanta una estampa donde se concreta el lema clásico: «hay quien nació joven para toda la vida». Aitana vuelve siempre, porque nunca se ha ido, desde el teatro clásico hasta la cámara más íntima, y su prestigio no depende de modas ni de romances ni de peluqueros. Porque la vida de Aitana no se administra en alfombras rojas sino en personajes diversos, que es donde verdaderamente se ve quién es quien.
Aitana no nos da escándalos, que es, en España, casi un defecto. Hasta ha presidido la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, que es como decir que además de actriz es conciencia del oficio. Yo la recuerdo desde muy joven, cuando ya parecía saber algo que los demás ignoraban, una especie de serenidad antigua, como de actriz nacida sabiendo.
Nació en Roma, pero se enfiló española enseguida. Ha trabajado con Fernán Gómez, con Chávarri, con Campanella, con Uribe, con Almodóvar. Mientras otros buscan el foco, Aitana sostiene el foco, y sin dar un ruido. A veces, no sólo da bien o muy bien de actriz sino que deja una honda huella callada. En 'Bajarse al moro' trajo la juventud sin aspaviento, la naturalidad como modal del estilo. Luego, en 'La camarera del Titanic', levantó una presencia casi etérea, una mujer domiciliada en la imaginación de la memoria. Hizo 'El pájaro de la felicidad', de Pilar Miró, y 'Celos', de Vicente Aranda. Y, entre unas cosas y las otras, está el teatro, que es donde Aitana se vuelve imprescindible. En 'Medea' o en sus grandes incursiones en los clásicos, no interpreta los papeles, los habita. Y eso, que parece fácil, es un prodigio insólito, rarísimo.
El personal se equivoca si cree que Aitana es sólo una actriz de prestigio tirando a quieta, o solemne incluso. Hay en ella una emoción bien sopesada, un temblor exacto, un calambre medido, que aparece como un susto, como debe ser, cuando menos lo esperamos. No es fácil construir una carrera así, sin jaleo, sin escándalo, sin bobada, sin concesiones al inevitable personaje público. No es fácil salir al mundo sin alquilarse en algún momento, porque vivir es sobrevivir, y sin embargo estar ahí siempre, pulcra como una primicia, seria como una aurora.
Aquí, a veces, se la ha querido simplificar, como si la inteligencia fuese un adorno, pero Aitana es el nombre completo de una actriz que ha preferido hacer carrera en lugar de fingirla, que es lo que abunda. Y mientras otros se atarean, ella permanece, que es la única versión de la victoria, si la hubiera.
Algunos actores pasean Hollywood como si fuera su barrio, como Antonio Banderas o Penélope Cruz, pero Aitana camina los escenarios como si fueran casa propia, que es todavía más difícil. Porque el teatro no perdona, y ella nunca ha pedido indulgencia. Aitana vive en esa calma extraña de quien ya ha llegado sin necesidad de anunciarlo. Mientras otros esperan el siguiente titular, ella va esperando el siguiente personaje. Que es lo mismo que no moverse de la verdad.
