'No questions, no answers'
Si nos remontáramos 250 años atrás, cuando la proclamación de la independencia de los Estados Unidos, nos daríamos de bruces con la decisiva colaboración de España para que fuera lograda. El ciclo conmemorativo que prepara el embajador Eduardo Garrigues López Chicheri aportará pruebas de primer orden que lo conforman. Otra cosa es que nunca esas ayudas nos hayan sido agradecidas. Si volviéramos a la Edad de Piedra del franquismo o mejor de la Segunda Guerra Mundial observaríamos que mientras otros países europeos fueron liberados del dominio nazi fascista por las fuerzas norteamericanas y guardan de ello gratitud imperecedera, aquí, en España, la aparición de los yanquis en 1953 fue para acordar un convenio con el generalísimo Franco que les cedió unas bases aéreas y navales en Torrejón, Zaragoza, Rota y Morón a cambio de recibir su apoyo irrestricto a su régimen y de garantizarle su perennidad en la Jefatura del Estado.
De manera que los americanos fueron liberadores para otros pueblos europeos y mientras contribuían a esclavizar al español. En contraste con tanta retórica de encendido nacionalismo y tanto ir por rutas imperiales, Franco acababa renunciando al ejercicio de la más elemental soberanía en favor de Washington. De esta situación vergonzosa salimos por nuestros propios medios y cuando gravitó sobre nosotros la grave amenaza del 23-F escuchamos a Henry Kissinger decir que se trataba de "un asunto interno". Nos hicimos mayores, sentamos la cabeza, dejamos de tontear con el tercer mundo y buscamos nuestro sitio en el primero. Nos adherimos a la Unión Europea el 1 de enero de 1986 y tuvimos claro que la entrada en el club de Bruselas requería la permanencia en la OTAN a la que nos habíamos incorporado en tiempos de Leopoldo Calvo Sotelo como presidente del Gobierno. Se acabó el "OTAN, no; bases, fuera", que tantos votos añadieron a la candidatura socialista de las elecciones de octubre de 1982.
Con 202 escaños, es decir 26 por encima de la mayoría absoluta, Felipe González quedó instalado en la atalaya de Moncloa desde la cual obtuvo una perspectiva muy diferente. También sucedía que quienes aquí dentro habíamos luchado por la recuperación de las libertades democráticas nada teníamos en particular contra la OTAN, una alianza política culminada en organización militar que había negado durante 30 años el ingreso de España, dado que el régimen de Franco no cumplía los estándares democráticos exigibles.
La oposición democrática era sobre todo contraria a las bases americanas, que suponían una afrenta a la soberanía nacional y que habían prestado un respaldo decisivo al dictador, además de constituirse en objetivo definido de los misiles nucleares soviéticos. Entonces, hubo un debate de política de Defensa en el Congreso de los Diputados y el presidente González definió las condiciones bajo las cuales pediría el sí en el referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN: que nuestra participación en la Alianza Atlántica no incluiría su incorporación a la estructura militar integrada; segunda, que se mantendría la prohibición de instalar, almacenar o introducir armas nucleares en el territorio español y tercera, que se procedería a la reducción progresiva de la presencia militar de los Estados Unidos en España.
Después de la celebración del referéndum, que se efectuó el 12 de marzo de 1986, hubo negociaciones. La delegación española estuvo encabezaba el diplomático Máximo Cajal, la norteamericana por Reginald Bartholomew, embajador de los Estados Unidos en España. Fue la primera y única vez que se recuerde en la que nuestro país negoció cara a cara, sin complejos y sin generar perjuicio en ámbito alguno de las relaciones bilaterales. Pudo comprobarse así que los norteamericanos solo respetan a quienes se hacen respetar. Recordemos, por ejemplo, que se resistían a retirarse de la base aérea de Torrejón de Ardoz pero hubieron de abandonarla. También que en adelante las bases dejaron de ser de utilización conjunta y pasaron a ser plenamente españolas y bajo mando exclusivamente español. Los americanos dispondrían de Instalaciones de Apoyo (IDAS), pero tendrían que solicitar Autorizaciones de Uso (ADUS). Respecto a las armas nucleares se prefirió la praxis que ha servido de título a esta crónica: no questions, no answers.
Ahora, con ocasión de la guerra de EEUU e Israel contra Irán han preguntado sobre el uso de las bases y se les ha respondido negándoles su utilización para esos fines. Al parecer no queremos vernos implicados en una contienda fuera de la legalidad internacional para la que tampoco hemos sido consultados. En todo caso, la decisión de negar la utilización de las bases al aliado americano habría merecido al menos un debate abierto en el Congreso de los Diputados. Continuará.
