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El relato de Sahar: cuando la justicia espera a que se rompan los huesos

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02.03.2026

Sahar, una mujer de 35 años y madre de tres hijos, se despierta cada día con la misma pregunta clavada en el pecho: "¿Cuánto más tengo que ser herida para que alguien escuche mi voz?". Su historia no es un caso aislado ni una tragedia privada encerrada entre cuatro paredes. Es el reflejo de una realidad que viven hoy muchas mujeres en Afganistán, donde la violencia doméstica no solo persiste, sino que parece haberse vuelto más invisible y, en la práctica, más tolerada desde el regreso al poder de los talibanes.

El esposo de Sahar estuvo encarcelado durante los años de la república. Tras la caída de Kabul y la liberación de numerosos prisioneros, él regresó a casa. Lo que para otras familias pudo haber significado alivio o reunificación, para Sahar marcó el inicio de una nueva etapa de sufrimiento. El hombre que volvió no era el mismo que se había ido. Regresó con una adicción adquirida en prisión, con frustraciones acumuladas y con una ira que pronto encontró un blanco cercano: su esposa.

Antes de la caída del antiguo gobierno, Sahar trabajaba y contribuía económicamente al hogar. Sus ingresos no eran altos, pero le permitían cubrir gastos básicos y sostener, al menos parcialmente, la educación y la alimentación de sus hijos. Con las nuevas restricciones impuestas a las mujeres, perdió su empleo. De la noche a la mañana pasó de ser una mujer trabajadora con cierta autonomía a depender económicamente de un hombre desempleado y adicto. Esa dependencia alteró el equilibrio dentro del hogar y la dejó en una posición aún más vulnerable frente a la violencia.

Los episodios de agresión no tardaron en comenzar. Al principio fueron gritos, insultos y........

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