El papa y el triunfo de la cultura del encuentro
La vida echa raíces en la contradicción. Y la vida de Madrid siempre es muy contradictoria. Hasta conseguir que las calles se sientan vacías y llenas al mismo tiempo. La gran ciudad es así, propicia el sentimiento de soledad entre la multitud. La sobreinformación de las redes sociales replica esta percepción: nos acompañan y, a la vez, nos invitan a sentirnos que nos estamos perdiendo cosas, nos descubren y, a la vez, nos frustran, nos conectan y, a la vez, nos encierran en nuestros propios prejuicios.
Los tres días de la visita oficial del papa a la capital de España han remarcado aquello que algunos ven como incongruencias. Aunque solo verifiquen que siempre somos fruto de muchos matices, rincones, vericuetos y confusiones. Estas mañanas, tardes y noches con el papa en casa era fácil sentir las calles desiertas y repletas. Se notaban los madrileños huidos de la multitud. La feria del libro estaba más vacía que otros años, los barrios del centro más silenciosos que otros fines de semana. Al menos, hasta que girabas la esquina y era fácil intuir que, por ahí, iba a cruzar el papamóvil. Entonces, el caos de la ciudad se ordenaba con precisión. Hileras de policías, columnas de gentes, ristras de la ilusión por aquello que rompe nuestra rutina.
Decía Almudena Grandes que el gran río de Madrid no es el Manzanares, es el Paseo de la Castellana. Con sus farolas de autopista,........
