La aristocracia moral y su Congreso incómodo
La aristocracia moral y su Congreso incómodo
Existe en Colombia una corriente política que se autoproclama defensora de las instituciones, la razón y la moderación. Cita a Popper, a Douglass North y a Brodsky. Habla con solemnidad de la separación de poderes, la autonomía de las cortes y el respeto a las minorías. Es un discurso impecable en la forma. El problema está en lo que omite: el Congreso de la República.
No es un olvido inocente. Es una exclusión deliberada que delata la contradicción más profunda del llamado centro democrático ilustrado: su institucionalismo es selectivo. Respetan las instituciones que se parecen a ellos —tecnocráticas, alejadas del ruido popular, habitadas por expertos— y desdeñan aquella que por definición es la más democrática de todas: la que nace directamente del voto de los ciudadanos.
Este patrón se expresa con particular claridad en ciertos candidatos que, preguntados por su relación con el Congreso, responden con un gesto de distinción moral: que no se subirían a una tarima con fulano, que prefieren no reunirse con mengano, que la mayoría de los congresistas no merecen su tiempo. El mensaje es transparente: yo soy diferente. Yo soy........
