Líbano
Visto de cerca, el Líbano es una luminosa anomalía del Medio Oriente: una geografía fértil, nutrida por ríos y montañas que hicieron habitable esa tierra y a sus gentes abiertas al intercambio comercial y al progreso. Muy ajenos del cliché del desierto. El legendario país, con su nieve, sus cedros sagrados, su multiculturalismo, su vínculo con Francia, sus universidades y el refinamiento y cosmopolitismo de Beirut, ha parido generaciones que migran a otros países del Medio Oriente menos dotados de capital humano, y también al resto del mundo. Durante décadas, cristianos, musulmanes y drusos compartieron un equilibrio imperfecto, pero funcional.
En los años ochenta hubo un punto de inflexión. En plena guerra civil, la invasión israelí de 1982 -en el marco de la Operación Paz para Galilea- buscó expulsar a la OLP del sur e influir en el equilibrio político libanés. Con el apoyo directo iraní y particularmente de la Guardia Revolucionaria Islámica, surgió Hezbolá. A diferencia de otras milicias desmovilizadas, Hezbolá mantuvo hasta ahora su brazo armado y se consolidó como partido político.
Tras la retirada israelí en 2000 y luego de la siguiente guerra de 2006, Hezbolá consiguió cierta aceptación como “resistencia” frente a Israel. Su presencia armada en el sur del país y en el valle de Bekaa, se combina con intensa oferta de servicios sociales a la población local. Hezbolá obtiene apoyo de Irán para su acción hibrida: organización política, armada y de servicio social. Para muchos es solo una organización terrorista que desborda al propio Estado libanés.
Israel ha decidido ocupar militarmente hasta el río Litani, lo que equivale al 10% del territorio libanés, dejará centenares de miles de personas desplazadas. La destrucción de infraestructura ya en marcha aislará al sur del país, mientras los bombardeos dejan ya más de mil civiles muertos en pocas semanas. El gobierno libanés, por su parte, viene intentando reafirmar su soberanía expulsando al embajador iraní y prohibiendo la actividad armada de la Guardia Revolucionaria. Sin embargo, Israel insiste en que ni el gobierno libanés ni la ONU logran contener a Hezbolá, intentando justificar así su avance militar.
Ahí radica la tragedia: Hezbolá no es el Líbano, pero sus acciones terminan definiendo el destino libanés. Esa compleja realidad parece una figura de origami donde cada pliegue traduce una interpretación con un sesgo distinto. Puede que estas líneas reflejen la mirada de un occidental más cercano a la tradición cristiana libanesa. Pero hay algo indiscutible: la destrucción del Líbano anunciada por el ministro israelí Katz, es ante todo ilegítima, y también muy dolorosa, más aún porque la tierra libanesa —tan cercana a nuestra historia latinoamericana— ha sido, durante más de un siglo, semillero de talento, cultura y convivencia.
