Volando sobre Santander
Practico el parapente desde hace cerca de treinta años. La semana pasada, en compañía de mi gran amigo y experimentado piloto Yesid Álvarez, emprendimos un vuelo épico: desde Bucaramanga hasta Charalá, sin motor, impulsados únicamente por el viento y las corrientes ascendentes de aire caliente. Debo confesar que, para nosotros, pilotos de muchas horas, fue una experiencia emocionante —diría que casi mágica— lograr recorrer casi 244 km de distancia total y más de 100 km en línea recta desde el despegue hasta el aterrizaje. Todo ello sin ningún tipo de motor o ayuda, es decir, volando bajo el mismo principio que lo hacen los pájaros.
Durante esas intensas seis horas de vuelo, contemplando paisajes tan diversos como el cañón del Chicamocha, la Mesa de los Santos, cascadas increíbles , me preguntaba algo que suele ser un interrogante muy recurrente entre mis amigos no parapentistas: ¿por qué volamos?, ¿qué sentimos durante el vuelo? La mayoría de las respuestas suelen ser de cajón: “es como estar en un columpio gigante muy alto”, “es la emoción de levantar los pies de la tierra”, “es acercarse a las nubes”. Pero en esta ocasión descubrí que, posiblemente como ninguna otra actividad, durante el vuelo solo hay tiempo para vivir en el presente. Es como si se tratara de una meditación prolongada en el presente absoluto, tal cual lo pregonan los practicantes de técnicas de meditación como el mindfulness. Una experiencia como esta es estar en el presente absoluto, donde solo importa el viento, el sol y el control del parapente.Posiblemente la cara de alegría y felicidad aun se refleja en nuestros rostros luego de esa maravillosa aventura.
Hubo un episodio inolvidable durante el trayecto —que aclaro no es en línea recta, sino por donde las condiciones resultan más favorables—. Cerca de Mogotes compartimos un tramo del vuelo con una pareja de majestuosas águilas que nos observaban con sus penetrantes ojos, quizá extrañadas de qué tipo de “bichos raros” nos atrevíamos a invadir su territorio. Posiblemente pocas veces en la vida uno se siente tan vivo como en esas maravillosas horas suspendido en el cielo.
Santander, por su topografía, se presta para la práctica segura de este deporte. Aunque está catalogado como de alto riesgo, en realidad es bastante seguro, con índices de accidentalidad muy bajos. Gracias a la forma en que se abre la cordillera frente a la Mesa de Ruitoque, este lugar podría ser uno de los mejores del mundo para volar con seguridad. Incluso ya es reconocido en muchas partes del planeta, y recibimos con frecuencia visitantes de otras latitudes con el único propósito de volar en parapente sobre estas hermosas tierras.
Sin embargo, lamentablemente está a punto de perderse lo que hoy es insignia del turismo de Floridablanca y del departamento: el crecimiento urbano nos está dejando sin sitios de aterrizaje seguros. Ruego a las autoridades tomar cartas en este asunto antes de que desaparezca un patrimonio que nos conecta con la libertad y la belleza de nuestro territorio.
“Una vez que hayas probado el vuelo, caminarás por la tierra con los ojos mirando al cielo, porque allí has estado y allí siempre desearás volver.” — Leonardo da Vinci
