Santander de siempre
Santander es centro del país, su corazón; es petróleo, es el río Magdalena, es Barrancabermeja, es Puerto Wilches, es Vélez, es Socorro, es San Gil y Barichara, es la provincia de García Rovira, es Soto Norte, es el Cañón del Chicamocha, que es parte de nuestra alma: seco y duro, amado por el sol, abierto, recio y resistente como nuestro carácter.
Amamos el sol y su cielo azul, sus ceibas barrigonas, sus semillas como alas, parientes del árbol sagrado de África. Amamos también las cabras entre las piedras y toda esa esencia que Óscar Martínez ha entendido tan bien en sus pinturas. Cabras pegadas al paisaje y al aceituno, el cacao indio, el algodón guane.
Acá están los maravillosos pictogramas guanes, realizados entre las piedras y los precipicios, que, para tristeza nuestra, están descuidados y, por lo mismo, irán desapareciendo con los años, como todo, como el agua, como los bosques y como desaparecieron los guanes para siempre.
El carácter santandereano, tan particular, se origina gracias a esa tierra difícil y montañosa, gracias al color de su tierra, que tanto atrapó a los españoles cuando soñaron con un futuro en el Nuevo Mundo. Querían vivir «donde no te conozcan», como decía Quevedo en sus agudos versos, y luego Enrique Serrano.
Llegaron familias para no volver. Construyeron casas sólidas y amplias como su espíritu libre; querían una vida nueva acá, donde todo florece. Llegaron farmacéutas, curadores de pestes, trashumantes maravillados de este exuberante mundo lleno de ríos, de flores que «devoraban hombres». Solo querían vivir en paz, ajenos a guerras entre moros y cristianos.
El cañón, esa herida profunda que abre nuestra tierra: hay que amarlo, porque tiene unas gentes únicas que no lo abandonan, que tiene valor cultural y poético. De su aridez salen, curiosamente, almas generosas y abiertas. Libres.
Y no olvidemos tampoco nuestros imponentes y sagrados páramos «donde anida el cóndor» y la niebla con sus misterios, donde nace el agua cristalina que en el futuro salvará a la Tierra. Allí y en sus pendientes se cultivaban las diferentes variedades de papa, ese tubérculo que salvó al mundo del hambre; el maíz (el trigo americano), que ahora está en todos los alimentos del mundo; las habas, las magníficas habas; el apio y la poderosa quinua, cuyo nivel proteico la elevó a alimento sagrado.
Pero, en la gran ciudad, ¿dónde quedó la austeridad, la perseverancia y el amor a la tierra que tanto caracterizan a nuestra gente del campo? Abundan ahora los mafiosillos con su mala cultura.
No olvidemos todo lo que somos. Somos el centro de este país maltrecho y desigual. Somos fuego y somos amor para el mundo, pero también somos talento para ayudar a Colombia.
