Tierra de gracia, por Fernando Rodríguez
Como quiera que mis años ya son muchos —demasiados, para una vida algo agitada—, me parece que me iré de una Venezuela con su cara más infame. No me indigno como mi amigo químico, sino que me entristezco, me deprimo.
Al fin y al cabo, me formé hace tanto en el existencialismo y su sombra ha permanecido en algún lugar central de mi psiquis: «la vida es una pasión inútil».
Estos últimos casi treinta años han sido para mí un despeñadero continuo. No solo del país, sino de mi propio destino.
Como profesor de la UCV, he terminado con un sueldo tres veces menor al de la empleada que limpia el apartamento un día. De manera que mi situación económica ha terminado en algún barranco donde se acumula la basura.
Y mal que bien, hice estudios de posgrado en la Universidad de París y fui director de la Escuela de la UCV. Mis dos hijas han tenido que irse al exterior para poder sostener sus vidas. El último, más joven, termina su carrera en la UCAB gracias a la ayuda de un tío........
