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La literatura de Francisco Neyra Pacheco, por Fernando Mires

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28.04.2026

La literatura de Francisco Neyra Pacheco, por Fernando Mires

Las novelas del escritor chileno Francisco Caupolicán Neyra Pacheco (para abreviar aquí lo llamaremos Neyra) pertenecen en su mayoría al género llamado novela histórica; así han afirmado algunos críticos literarios que se han ocupado de su obra. Estamos de acuerdo, pero debemos dejar en claro el porqué de esa caracterización. Es importante, porque si aceptamos que las novelas -siempre que no sean de ciencia ficción – al ser narraciones, están situadas sobre hechos y acontecimientos ocurridos en tiempos y espacios determinados y así serían todas históricas. Sin embargo, sabemos que no es así.

Toda novela contiene una story, pero la historia de una story es solo la historia de una narración.

Hablamos de una novela histórica cuando acontecimientos existentes y reales no solo se filtran en los hechos narrados, sino además imponen condiciones a los personajes aunque estos sean inexistentes o irreales. En una novela histórica se cruza intermitentemente la historia verdadera con historias no (o no totalmente) verdaderas. Luego, los hechos históricos en una novela histórica no pueden, ni deben, ser imaginados.

Escribir historia supone cierta cuota de imaginación, pero no podemos ni debemos inventar nada cuando lo hacemos. Mucho menos cambiar los hechos. La historia de los personajes de una novela, en cambio, aunque sean verdaderos, debe ser imaginada pues, si no fuera así, no estaríamos hablando de literatura sino de historia pura y dura. La literatura de Neyra está enmarcada en hechos reales o no inventados.

No obstante, que una novela sea histórica no supone que la historia deba ser un trasfondo de lo imaginario ni lo imaginario un ornamento de lo histórico. La palabra que hemos utilizado aquí, nótese bien, es entrecruce. Y así es: En las novelas de Neyra encontramos un permanente entrecruce entre lo verdadero y lo imaginado, pero sin que lo verdadero pierda su verdad ni lo imaginario su imaginación. Difícil. Pero Neyra lo logra. Lo logra porque este escritor es dos personas a la vez: un profesor de historia de profesión y un imaginativo narrador de novelas por vocación.

Las novelas de Neyra son copiapinas. Nacido en Copiapó (1942), arraigado en Copiapó, comprometido socialmente con Copiapó, con familia y vida construida en Copiapó. El mismo es una parte de Copiapó (un hijo ilustre como dicen por allá) y todas sus novelas no existirían sin Copiapó. Me atrevería a decir: Neyra ama a Copiapó. Y, sin embargo, Neyra no es un regionalista, no es un descriptor de paisajes, ni de subculturas, ni de comidas o costumbres de la provincia o de la región.

Sus personajes son copiapinos hasta los huesos, pero además muy chilenos y, en parte, universales. El Copiapó de Neyra es un micromundo visto desde fuera pero desde dentro es un macromundo inserto en el mundo que lo rodea. Podría ser Talca, París o Londres. Pero es Copiapó.

Sin Copiapó la literatura de Neyra no existiría. Quizás por eso Neyra no se fue a vivir a España en busca de grandes editoriales como hace la mayoría de los escritores chilenos (y sudamericanos). Se quedó allí donde nació, en donde “es”, escribiendo sobre su gente y – por momentos tengo la impresión- para su gente. En ese punto Neyra no es una excepción.

Sin Copiapó la literatura de Neyra no existiría. Quizás por eso Neyra no se fue a vivir a España en busca de grandes editoriales como hace la mayoría de los escritores chilenos (y sudamericanos). Se quedó allí donde nació, en donde “es”, escribiendo sobre su gente y – por momentos tengo la impresión- para su gente. En ese punto Neyra no es una excepción.

La mayoría de los más conocidos escritores chilenos son seres arraigados en el lugar de donde vienen. Pensemos por ejemplo en los extremos sureños de Chile. Solamente en Chiloé y sus alrededores, han aparecido tres connotados: Ruben Azócar, Edesio Alvarado y el gran Francisco Coloane, conocido en Francia por sus conocimientos marítimos como el Joseph........

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