Ganar, ganar, ganar y volver a ganar
Ganar, ganar, ganar y volver a ganar
Álvaro Arbeloa, entrenador del Real Madrid después del Real Madrid - Bayern (1-2) / EFE
Arbeloa entonó orgulloso: “¿A qué hemos jugado? A ganar, que a eso juega el Real Madrid". Suena a leer por leer, a acabar libros sin disfrutarlos, prácticamente sin leerlos, como quien acumula patatas. Sin aprender, sin vivir el contenido. Hay más victorias en las derrotas que no al revés, entre otras cosas porque son muchos más los perdedores que los ganadores, acumulando durante siglos y milenios experiencias y saberes cimentados en los anhelos. Por eso que jugar solo para ganar es insustancial, una arenga vacía de fondo mercantilista.
Luis Aragonés repiqueteó mientras acompañaba con el puño: “Ganar, ganar, ganar y volver a ganar. Ganar, ganar, ganar y volver a ganar. Ganar, ganar, ganar y volver a ganar ¿Queréis que me tire media hora? Eso es el fútbol”. Se le idolatra porque ganó (en alguna ocasión) pero sobre todo porque murió. Pero no, eso no es el fútbol, ni el deporte, ni tampoco la vida. Eso es un mensaje nocivo, elitista e irreal. Eso llamado vida va más por aquí: “La respuesta es que hay que disfrutar del momento, disfrutar de las pequeñas cosas, no solo de las victorias. Ganas y la gente ya empieza a pensar en la próxima victoria”. Lo dijo Pogacar tras sumar su cuarto Tour. Cansado, posiblemente de ganar. Porque uno se cansa incluso de ganar, sobre todo cuando esa victoria no es lo que esperaba y sobre todo también porque la victoria es efímera, mientras la derrota eterna.
Los goles (la vía más directa a la victoria) son una excepción. A menudo un espasmo en un mar de minutos a menudo intrascendentes, en ocasiones soporíferos. Un calambrazo de materia artística que todo lo erige o todo lo derrumba. Alimento de la historia y los recuerdos, carne de dioses y esperanza de generaciones. Los goles son el culmen, pero no siempre la consecuencia obligada. Su aparición puede responder a una estrategia diseñada, trabajada durante semanas o décadas, fruto de la evolución del conocimiento, herencia de sabios. En otras, en cambio, es, simplemente, un relámpago inesperado y solitario, incluso un trozo de suerte aparentemente sin pasado y, por la inexistencia de relato (de contexto épico), sin futuro. Pero nada está escrito. El capricho humano hace del espasmo gasolina de revolución y de una obra de arte etéreo alimento del olvido.
Lejos de ese fogonazo, la vida. Uno abre las páginas de un partido y encuentra la trama o la energía oscura. Ve el hilo o el vacío. Los buenos libros superan favorablemente la prueba de ser abiertos por cualquier página, leer un fragmento y funcionar. Ser únicos, valer la pena, disfrutar con ellos, ver los valores sin caducidad, contener la utilidad del tiempo. Cualquier párrafo es arte bajo los designios de la literatura. Abrir las páginas de cualquier partido del Barça actual, seguro que con el balón en los pies, más o menos vertical pero con la mirada en el marco rival, la defensa desvergonzada, incluso kamikaze, la sonrisa de la autorización, la herencia de años y años. Juego. Cruyff en el campo, Neeskens en el campo, Kevin Keagan en el campo, Guardiola en el campo. Rijkaard, Tito, Márquez, Xavi e Iniesta. Pedri e incluso Alexia, Bonmatí, Pajor… “La intuición es la velocidad punta de la inteligencia”, afirmó Jorge Valdano. Es la herencia del conocimiento propio y ajeno, presente y pasado. Hasta Butragueño ha reconocido que jugaba con Cruyff en el subconsciente.
Abrir el libro, abrir un partido. Qué duro valorar únicamente la victoria si para llegar a ella sólo valen los goles. “El pasado no discurre en una sola dirección. Qué habrá en la cabeza de un Dios que conoce todas las historias. Las que acontecieron y las que están por acontecer. Todas nuestras historias en cada segundo de este mundo”. Un fragmento cualquiera de Gueorgui Gospodinov. Arte. “Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo de aliento, esa instantánea muerte es bella”. Cortázar. Arte.
Otros. Sin herencias, sin hilo conductor, sin discurso. Esa página que se abre, ese jugador que la pasa de forma autónoma, sin directriz, sin la exigencia del pasado pero tampoco sin la insinuación de los que le precedieron. Sin conversación. Hay un déficit de transmisión de la experiencia, que decía Walter Benjamin. La pasa y se libera, no forma parte de nada más grande que él, no traza. No existe engranaje. Simplemente hace, sin jugar. Cumple el trámite. Esa página quizá también será literatura porque escribe un fragmento de la historia. Pero será mala literatura, letras de consumo rápido, difícilmente capaz de superar la inmediatez y responder a preguntas no formuladas. Esas páginas que se abren en diferentes partidos y que muestran párrafos tan distintos. Y ellos, los protagonistas, jugando o solo ejerciendo el fútbol.
Y que suerte abrir el libro por un gol, siempre tan bello, tan especial, tan mentiroso. Una foto fija, un cuadro de Hopper. Inmortalizado el momento pero descontextualizado. Highlights. El ventajismo del futuro. En los resúmenes sin contexto todos son estrellas. Sin matices, el gol manda. Y cuando no llega, por lo que sea, ese gol, no hay nada. Aparece el vacío más profundo. Y los pitos de quien cree estar desaprovechando su tiempo.
Tras perder la final de la Eurocopa con España, jugadoras como Bonmatí o Paredes besaron la medalla de plata. La primera afirmó: “Cuando pierdes hay que valorarlo porque cuesta mucho llegar a las finales y no es posible ganar siempre”. Besaron la derrota que es triunfo, besaron la eternidad. Ellos, por el contrario, a menudo se revuelven y patean rabiosos. Solo entienden de victoria volátil, son consumo inútil. Escribió Íñigo Domínguez: “Y no sé si hay algo más romántico que un corredor desconocido que contra toda lógica se escapa (el concepto de escapada es maravilloso), y se hace 100 kilómetros él solo, pensando en sus cosas, en que no sabe si lo conseguirá o no, soñando que a lo mejor sí, y por un día será un héroe”.
Jugar bien, querer ganar, por supuesto, pero a través del buen juego. Todo lo contrario a las palabras de Arbeloa. No es que el fin justifique los medios. Es que el camino es la vida y el fin, simplemente, la muerte.
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