Mi peor pesadilla: un derecho sin moral
Mi peor pesadilla es un país lleno de leyes, jueces, códigos, tribunales, procedimientos y constituciones… pero vacío de moral. Porque un derecho sin moral puede verse impecable. Puede hablar en lenguaje técnico. Puede tener firmas, sellos y sentencias perfectamente redactadas. Puede cumplir cada requisito del procedimiento. Y aun así destruir seres humanos, porque el horror no siempre llega disfrazado de caos. Eso es lo verdaderamente aterrador.
Últimamente he escuchado repetirse una idea con una tranquilidad que me inquieta profundamente: que la moral y el derecho son mundos separados. Que una cosa es la ética y otra la norma. Que el derecho debe limitarse a aplicar reglas y no a preguntarse por lo justo. Y eso debería preocuparnos más de lo que creemos.
Y sí, esa postura tiene sustento teórico. El positivismo jurídico, desarrollado por autores como Hans Kelsen o H.L.A. Hart, defendió la idea de que el derecho podía analizarse independientemente de la moral. Que una norma no deja de existir porque sea injusta. Que no todo lo inmoral es ilegal.
Hasta ahí, la discusión filosófica es válida. Pero el problema empieza cuando esa distinción deja de ser una herramienta académica y se convierte en una forma de entender el poder.
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Porque una cosa es distinguir entre moral y derecho. Y otra muy distinta es expulsar la moral del derecho. Porque cuando la moral sale del derecho, el ser humano sale con ella, esto nunca sale bien. Y entonces la justicia deja de preguntarse qué protege, qué dignifica o qué límites jamás deberían cruzarse. Solo empieza a preguntarse si el procedimiento fue correcto.
Ese es el........
