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Una pelea inevitable

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La disputa por la presidencia del Senado entre el abelardismo y el Centro Democrático no solo exhibe un conflicto existente: confirma que ese enfrentamiento era, en buena medida, inevitable. Pero por encima de las pulsiones partidistas debe prevalecer el interés nacional; para eso hacen falta líneas claras que no se deben cruzar. Me explico.

Para comprender las dinámicas recientes en el Congreso –y, más aún, las futuras relaciones entre el movimiento de Abelardo De La Espriella y el partido del expresidente Uribe– es crucial enfatizar una distinción básica, pero determinante: el Centro Democrático no es el partido del presidente electo. Esa separación, obvia en apariencia y compleja en sus consecuencias, explica muchas de las motivaciones de ambas fuerzas.

Aunque a simple vista el Centro Democrático y el abelardismo comparten objetivos y simpatizantes, no son lo mismo. La fractura se formalizó cuando el partido uribista, con argumentos de su parte, le cerró la puerta a De La Espriella. Desde entonces, el ahora presidente electo comenzó a construir su camino al margen del CD. Las elecciones presidenciales fueron el primer round de este pulso que ganó Abelardo: mientras el CD impulsó a Paloma Valencia, De La Espriella fundó un movimiento que superó........

© Revista Semana