Lorenzo, salve usted la patria
La política y el fútbol suelen convivir en un mismo estadio emocional en Colombia. Pero este año la coincidencia es más que metáfora: el calendario electoral y el del Mundial de fútbol 2026 se solapan de tal manera que el rendimiento de la selección nacional puede incidir, de forma directa y a veces decisiva, en el ánimo electoral de millones de votantes. Si Colombia camina bien de cara al Mundial, la gente estará animada
y saldrá a votar; si la selección va mal, como en los recientes partidos de preparación, la gente podrá desanimarse y quedar en manos de las maquinarias políticas. Por eso, con respeto y algo de humor patriótico, me atrevo a decirle a Lorenzo: salve usted la patria.
El 31 de mayo de 2026 será la primera vuelta presidencial. Si ningún candidato alcanza la mitad más uno de los votos válidos, la ley electoral prevé una segunda vuelta tres semanas después. Ese hipotético balotaje caería, por tanto, en fechas cercanas a la segunda quincena de junio. Justamente en ese lapso acontece el Mundial, que se disputa entre junio y julio: la fase de grupos y las primeras instancias de eliminación directa se jugarán en la segunda mitad de junio y la atención nacional se moverá inevitablemente hacia la cancha. Literalmente, la segunda vuelta ocurriría después del partido contra Uzbekistán y antes de los encuentros frente a Congo, Jamaica, Nueva Caledonia y Portugal.
Esa superposición genera varios efectos políticos concretos. Primero, la emocionalidad colectiva: un triunfo de la selección puede levantar el ánimo y el sentido de unidad, amortiguando el tono confrontacional de la campaña; una derrota dolorosa, en cambio, puede exacerbar frustraciones y reducir la movilización ciudadana. En elecciones apretadas, la movilización es determinante. Los candidatos saben que los afectos se traducen en turnos a las urnas: quien logra ilusionar, moviliza; quien desmoraliza, corre el riesgo de ver evaporarse parte de su base.
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Segundo, la dinámica del debate público. Cuando el partido clave coincide con la segunda vuelta o con los días inmediatamente previos, los medios y las redes invierten tiempo y espacio en el evento deportivo. Eso puede favorecer al candidato que necesita exposición mediática para revertir tendencias –quizá amortiguando un cierre adverso– o, al contrario, perjudicar a quien busca un remate contundente. Además, los espacios de agenda pública –entrevistas, foros, cierres de campaña masivos– pierden adhesión cuando el país está frente al mismo televisor.
Tercero, la logística de la participación. Las jornadas de votación requieren movilización de electores, voluntarios y personal electoral. Si la euforia futbolera se traduce en concentraciones masivas, habrá presión sobre la capacidad de los ciudadanos para acudir a las urnas, sobre todo en horarios nocturnos o matinales después de partidos. No olvidemos que la participación es una variable sensible: pequeñas oscilaciones en la asistencia de segmentos clave –jóvenes, votantes en barrios populares– pueden alterar el resultado en contiendas cerradas.
Por eso, a Lorenzo, al cuerpo técnico y a los jugadores, una petición cívica: entiendan que en estas semanas su tarea trasciende el resultado en la tabla de posiciones. Ganar sería regalarle al país un respiro colectivo, una excusa para celebrar y, posiblemente, incrementar la esperanza y la participación ciudadana. Perder y estar en un estado anímico negativo bajará la participación y nos dejaría en manos de las perversas maquinarias y el voto comprado.
Sé que este análisis no les agradará a algunos deportivos. Dirán que la responsabilidad deportiva no tiene que ver con la electoral, pero el estado anímico de un país es crucial en un proceso electoral. Eso es innegable.
No confundir: el fútbol no decide elecciones por sí solo. Las preferencias políticas responden a agendas, propuestas y trayectorias. Pero en una democracia en la que los márgenes son estrechos y los votantes son humanos, los afectos cuentan. Un gol en el minuto 90 puede cambiar el ánimo de millones; y un ánimo, acumulado con otras variables, puede empujar o frenar la movilización que decide una elección.
Lorenzo, entonces, tenga presente que el silbato final de sus partidos resonará también en las urnas.
