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La izquierda que ya no sirve. Ideas para recuperar el norte

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26.05.2026

También puedes escucharlo en este audio:

La reciente imputación del expresidente socialista José Luis Rodríguez Zapatero está trufada de acusaciones sin pruebas y establecidas a base de presunciones no demostradas, pero no se puede negar que forma parte de un larguísimo reguero de frustraciones y desencantos producidos por dirigentes de izquierdas en casi todo el mundo.

Incluso si mañana mismo se demostrase su completa inocencia en todos los cargos que se le imputan, no podríamos dejar de preguntarnos qué hacía entre comisionistas, entre corruptos y vendepatrias alguien que se presenta como referencia moral de la izquierda, y qué necesidad tiene de dedicarse a ganar dinero en la frontera siempre sutil entre lo bien y lo mal hecho quien, al mismo tiempo, hace discursos como paladín de la igualdad, la transparencia y la justicia social.

Sea como sea que acabe el caso Zapatero, no será el último de frustración, vergüenza y decepción, como no ha sido el primero. Por eso creo que es un error seguir afrontando cada una de esas decepciones como hechos singulares. Son regulares porque responden a un patrón común, a un mal estructural que afecta a la izquierda de nuestro tiempo.

He tratado de analizarlo en el día a día desde hace años, en muchos artículos que están todos en mi página web (www.juantorreslopez.com) y en textos más extensos en alguno de mis libros. Especialmente, en Para que haya futuro (Ediciones Deusto, 2024), en cuya portada lo presenté como un libro que trataba de responder a una pregunta fundamental: ¿Cómo construir un mundo mejor cuando se extiende la extrema derecha para evitarlo y la izquierda no sabe cómo hacerlo?

En estas páginas, trataré de resumir todas esas reflexiones, no como una tesis definitiva, sino más bien como la provocación que es preciso realizar para llamar la atención y para ayudar a generar un debate que apenas se afronta en los términos radicales, de raíz, en que a mí me parece que hay que plantearlo.

A mi juicio, la izquierda que conocemos no da para más, y está a punto de dilapidar por completo todo su patrimonio cultural, ideológico y político del pasado. Ya no es un instrumento útil para transformar el mundo y es preciso cambiar de rumbo con urgencia porque la amenaza de violencia, caos y destrucción, como he analizado también en muchos de mis textos, es más fuerte que nunca en todos los rincones del planeta. De un planeta amenazado, como quizá nunca lo estuvo, por un ecocidio que perpetran grandes capitales sin otro fin que seguir obteniendo beneficio monetario y poder sin límites.

En estas páginas quiero presentar resumidamente dos tesis.

La primera es que las izquierdas dejaron de ser transformadoras cuando abandonaron la construcción de sociedad y trataron de sustituir el contrapoder social por la mera ocupación institucional. Cuando perdieron el contacto cotidiano con la vida concreta de la mayoría social y quisieron combatir al neoliberalismo, lo hicieron (cuando, de verdad, lo quisieron combatir, porque buena parte de la socialdemocracia lo asumió y lo aplicó sin reservas) utilizando las mismas estructuras culturales, económicas y comunicativas que el propio neoliberalismo controlaba. Este es, a mi juicio, el error estratégico que explica gran parte de sus derrotas, de sus frustraciones y también del avance contemporáneo de la extrema derecha.

La segunda, que a la hora de enfrentarnos a ese fracaso no estamos en un punto cero. Sabemos sobre qué principios y de qué modo se puede transformar la sociedad y dónde están las experiencias reales que pueden enseñarnos los pasos que hay que dar para conseguirlo. Al mismo tiempo trato de ofrecer, por tanto, el doble plano que encuentro en la realidad: lo lamentable del presente de la izquierda, y la esperanza que puede encontrar quien la analice con luces largas y descubra en ella lo que el poder dominante trata lógicamente de ocultarnos.

Durante décadas, las izquierdas fueron la proa del progreso humano. Es un hecho histórico y evidente. No ha habido ni un solo avance significativo en derechos, en libertades, en justicia social y conquistas democráticas que no haya sido impulsado, sostenido o arrancado por sindicatos, partidos progresistas y movimientos sociales de izquierda. En la gran mayoría de las ocasiones, a base de muchos y a veces sangrientos sacrificios. La jornada de ocho horas, el sufragio universal, la educación pública, la sanidad para todos, los derechos laborales, la seguridad social, las batallas contra las dictaduras, la descolonización, los derechos civiles, la igualdad entre hombres y mujeres (esto último no sin resistencia de demasiados hombres de izquierdas, todo hay que decirlo)… todo ese patrimonio de la humanidad que hoy damos por sentado fue conquistado contra la resistencia de quienes tenían interés en que nada cambiara, y se pudo conquistar gracias a las demandas y la presión organizadas de las izquierdas.

Y lo más notable es que a veces ni siquiera necesitaban gobernar para conseguirlo. Les bastaba su sola presencia social, era suficiente que existieran como fuerza organizada, como contrapoder real, como referente de lo que podía exigirse y de lo que era justo reclamar. Su mera existencia tensionaba a la sociedad, ponía en marcha a los colectivos, obligaba a los poderosos a ceder (no sin fuertes resistencias, desde luego) para no perderlo todo.

Las izquierdas históricas no eran solamente partidos políticos. Eran formas de vida compartida. Estaban presentes en los barrios, en las fábricas, en las asociaciones vecinales, en los sindicatos, en las cooperativas, en las escuelas públicas, en los ateneos culturales y en multitud de espacios cotidianos en los que la gente convivía, discutía, aprendía y se organizaba colectivamente.

Su fuerza no procedía sólo de sus ideas o programas sino de la sociedad que habían construido previamente. Compartían las condiciones de vida de las grandes mayorías sociales y formaban parte de su experiencia cotidiana. No hablaban desde fuera de la vida popular, sino desde dentro de ella.

Es cierto que hubo idas y vueltas, pasos adelante y pasos atrás, traiciones y derrotas, y también muchas veces la reproducción de lo peor que habían hecho los peores poderes. Es cierto que ha habido, sin duda, dictaduras de izquierdas; e izquierdas que han acabado con derechos y libertades, en lugar de alumbrarlos. Tampoco eso se puede negar. Pero el balance general de la historia fue inequívoco durante más de un siglo: cuando el progreso estuvo ligado a la justicia, a la igualdad y a la paz, fue porque las izquierdas lo empujaron.

Sin embargo, desde los años setenta y ochenta del siglo pasado algo empezó a cambiar. Lentamente al principio, de forma acelerada después, las izquierdas dejaron de ser la punta de lanza del progreso, y se fueron convirtiendo paulatinamente en fuentes de frustración y de fracaso. Incluso cuando han gobernado, lo que ha ocurrido después ha sido con demasiada frecuencia desastroso, pues a menudo llevaba a situaciones aún peores que las previas: retrocesos en lo conquistado, desmovilización de las bases, pérdida de credibilidad, y a veces algo todavía más grave, la sensación de que la izquierda en el poder se volvía indistinguible de aquello que decía combatir.

Hay que decirlo con claridad. En las últimas décadas, las izquierdas se han convertido para demasiada gente en una fuente constante de frustración, de dolor y, a veces, incluso de vergüenza.

¿Por qué ha pasado esto? ¿Por qué la izquierda que durante más de un siglo fue motor del cambio se ha convertido en uno de sus principales obstáculos? ¿Por qué tantos dirigentes de izquierdas en los que se deposita la confianza defraudan tanto y tan a menudo, con una regularidad que ya no puede atribuirse a la mala suerte, ni a su carácter personal? ¿Por qué lo habitual es que las personas de izquierdas que nos gobiernan, nos representan en los parlamentos, o dirigen los partidos no se distinguen casi nunca de las de derechas en sus comportamientos públicos o personales? ¿Por qué no representan un tipo de ser humano diferente (como sí ha ocurrido con alguno de ellos, como Pepe Mújica, por ejemplo) sino que se transforman y clonan, a base de sueldos elevados, prebendas y buena vida?

Estas son las preguntas que me propongo responder a continuación. No haciendo juicios morales (aunque también corresponda hacerlos) sino analizando el problema estructural que me parece obligado contemplar con luces largas para poder dar el tipo de respuestas que permiten recobrar el norte y avanzar hacia un horizonte de progreso, de libertades, de justicia y de paz.

El cambio que noqueó a la izquierda

Para entender el fracaso contemporáneo de las izquierdas es imprescindible comprender antes la naturaleza profunda del neoliberalismo. Porque el neoliberalismo no fue únicamente un conjunto de políticas económicas orientadas a privatizar empresas públicas, desregular mercados o reducir el tamaño del Estado. Fue mucho más que eso: una transformación civilizatoria.

Sus impulsores comprendieron algo fundamental: el verdadero poder histórico de las izquierdas no residía solamente en los parlamentos o en los gobiernos, sino en la sociedad organizada. Sabían que los sindicatos, los espacios comunitarios, los vínculos colectivos y la cultura solidaria eran las bases materiales y emocionales del contrapoder democrático.

Por eso la ofensiva neoliberal se dirigió precisamente contra ese terreno.

La primera respuesta fue brutal y violenta. En numerosos países de América Latina, África y Asia, las experiencias progresistas y populares fueron aplastadas mediante golpes de Estado, asesinatos, desapariciones y represión sistemática. El objetivo no era solamente derrotar gobiernos concretos, sino destruir físicamente a quienes organizaban el contrapoder social.

Pero muy pronto llegó una segunda fase todavía más sofisticada y eficaz: la revolución conservadora impulsada desde los años ochenta.

El neoliberalismo llevó a cabo una auténtica operación antropológica y cultural. No pretendía únicamente cambiar las políticas económicas, sino transformar la forma de pensar, sentir y vivir de las personas. Su objetivo era fabricar un nuevo tipo humano adaptado a la lógica del mercado.

Se destruyeron los grandes espacios fabriles donde miles de trabajadores podían organizarse colectivamente. Se precarizó el empleo y se individualizaron las relaciones laborales. Los antiguos trabajadores asalariados fueron convertidos en empresarios de sí mismos, obligados a competir entre sí y a asumir individualmente riesgos que antes eran compartidos socialmente.

Al mismo tiempo, se atacó política y culturalmente a los sindicatos, se privatizaron servicios públicos, se mercantilizaron ámbitos crecientes de la vida y se fueron destruyendo sistemáticamente los espacios comunitarios que sostenían los vínculos sociales.

Simultáneamente, en el plano cultural, se instaló una nueva moral social: la idea de que la libertad individual es el valor supremo; el éxito, un exclusivo resultado del mérito personal; el fracaso, responsabilidad individual; lo público, algo ineficiente, y el mercado mejor sistema que cualquier decisión colectiva.

El resultado fue la fabricación de lo que se ha llamado el homo neoliberalis: individuos aislados, convertidos en competidores permanentes, incapaces de reconocerse como parte de un sujeto colectivo y acostumbrados a interpretar sus problemas como fracasos personales y no como consecuencia de estructuras sociales.

Esto último fue lo decisivo. El neoliberalismo destruyó sistemáticamente las condiciones materiales, culturales y emocionales que hacían posible construir comunidad. Es decir, destruyó el terreno sobre el que históricamente habían operado las izquierdas.

Desgraciadamente, las izquierdas no supieron comprender plenamente la naturaleza de esa transformación y no le dieron la respuesta que hubiera sido necesaria.

La trampa en la que cayó la izquierda y de la que no ha sabido salir

El error más profundo y más persistente en el que han caído las izquierdas en las últimas décadas es de naturaleza estratégica y no moral. Tiene que ver con el orden que deben seguir las cosas, sobre qué debe preceder a qué.

Para entenderlo hay que ver primero lo que hace la derecha, porque la derecha no lo comete. Desde que se puso en marcha la revolución conservadora de Thatcher y Reagan, la derecha usa la política para consolidar el poder que ya tiene sobre la sociedad. No necesita transformar la sociedad porque, en sus estructuras fundamentales, ya le pertenece. El poder económico, el poder mediático, el poder financiero, las grandes corporaciones, los fondos de inversión que deciden qué se produce y cómo, los medios que deciden qué hay que pensar y decir… todo eso es suyo antes de que empiece cualquier campaña electoral. La política, para la derecha, no es el instrumento del cambio. Es un instrumento de conservación y consolidación, el mecanismo que legaliza, legitima y protege el poder que ya ejerce en la sociedad. Es lo que mantiene y cementa el tipo de sociedad y las estructuras de poder que el capital necesita salvaguardar.

Cuando la derecha llega al gobierno no necesita transformar nada porque el mundo que quiere ya existe. Solo necesita defenderlo, extenderlo y blindarlo contra cualquier amenaza. Y para eso, el poder institucional es suficiente, porque el resto del poder, el poder real, el que decide las condiciones de vida de la mayoría, ya está en manos de quien debe estar. La derecha política sólo lo utiliza por delegación para lo que hay que usarlo, y cuando un político de derechas se sale de la partitura escrita para ello, tiene los días contados.

La política de la derecha está concebida para reaccionar ante la amenaza del cambio y neutralizarla. Coopta a los dirigentes para que sepan dividir a los sujetos y desviar la energía transformadora hacia conflictos que no amenazan las estructuras de poder. Fabrica el miedo que paraliza y la resignación que desmoviliza. Se diseña para contener a la sociedad, para domeñarla e impedir que se desarrollen los impulsos de cambio que siempre existen en ella, para que el sufrimiento y la injusticia que los producen inevitablemente no encuentren expresión organizada y capacidad real de transformación.

La izquierda, en cambio, no tiene ese poder previo. No controla los mercados financieros ni los grandes medios ni las corporaciones transnacionales ni los organismos internacionales que fijan las reglas del juego económico global. El mundo que quiere construir no existe todavía, o existe solo en embrión, en los márgenes, en las grietas del sistema. Por eso, la izquierda se hunde y fracasa cuando se empeña en querer transformar la sociedad haciendo política como lo hace la derecha, actuando simplemente desde el gobierno y las instituciones.

La izquierda ha intentado usar la política para transformar la sociedad cuando su tarea real es exactamente la inversa: transformar la sociedad para cambiar la política. Ha confundido el orden de las cosas y ese error de orden trae consigo todos los demás.

Cuando una izquierda llega al gobierno sin haber transformado previamente las relaciones de poder en la sociedad, se encuentra en una posición........

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