El espóiler
Lo confieso: aunque hay sin duda obras cuyo desenlace conviene no anticipar (pienso, por ejemplo, en la película Testigo de cargo), no me importa que me hagan espóilers de series o libros y, aún más, soy un gran defensor del espóiler en el caso de las grandes obras clásicas, cuyo final siempre puede cambiar. Por un lado, cabe decir que si no conociéramos el final de Los hermanos Karamazov o de Auto de fe, no podríamos convertir esas novelas en objetos inagotables de interpretación, placer literario indisociable del de la propia lectura; pero es que, en realidad, por muchas veces que hayamos leído esas obras, nunca sabemos cómo acaban. En el mismo momento en que empezamos a leerlas o a releerlas, todo espóiler se vuelve imposible; cada vez que las empezamos son nuevas e imprevisibles y por eso, aunque acaben tal y como nos habían contado, el final de Moby Dick o de La isla del tesoro siempre nos sorprende.
Hace unos días, hablando de Gaza, decía yo que de la Historia no se puede hacer un espóiler. Podemos decir que se repite, que rima, que siempre acaba mal, pero lo cierto es que, como las grandes obras, cuando se pone en marcha desmiente nuestras previsiones. No sabemos, de hecho, cómo y cuándo se va a poner en marcha. Eso pasó, por ejemplo, en 2011 con las revoluciones árabes, cuando el enésimo suicidio de un joven tunecino activó una respuesta inesperada; eso pasó en el 15M, cuando una pequeña protesta marginal cristalizó en una larga impugnación del régimen del 78; y eso ocurrió el 26S, cuando el enésimo desahucio de una anciana pareció reanudar la trama........
