El viaje de Robert Francis Prevost, conocido como León XIV
A mitad del periplo papal por estos lares podemos afirmar ya alguna cosa. En primer lugar, la capacidad de León XIV para generar titulares aparentemente novedosos es notable, pero en su mayoría son redundancias realmente predecibles. En segundo lugar, que sus mensajes una vez leídos y oídos en el actual contexto geopolítico internacional mutante y acelerado y en al actual marco de debates entre los partidos políticos españoles, cuanto menos establecen líneas de delimitación no siempre concordantes y conllevan posiciones necesariamente contradictorias. Nadie nos va a ahorrar pensar, evaluar y establecer puntos de vista y líneas de trabajo no simplistas.
Comencemos por el principio: la figura de Leone XIV es en sí misma anacrónica y supone un sin sentido que alguien se arrogue la función de representante de dios en la Tierra. Si es difícil creer que hay un creador no creado origen de todas las cosas, aún más que tenga un embajador plenipotenciario en la figura de un jefe de una organización religiosa, entre las muchas que hay.
En segundo lugar, la cuestión del aborto no es baladí, es la materialización de la preminencia secular de los hombres. Es la muestra de que la Iglesia Católica no ha renunciado a imponer sus criterios privados sobre el ámbito público. Y en concreto el control sobre el cuerpo de las mujeres en la estela del patriarcado.
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