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Alaska, diplomática de oído

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A veces la diplomacia se nos va de las manos, es un hecho. Después de que los habitantes de El Burgo quemaran por las bravas un muñeco de Netanyahu, no sólo hubo protestas y reprimendas oficiales desde Tel Aviv, sino que, en represalia, unos soldados israelíes destrozaron un Cristo de madera a martillazos. Tras esta furibunda confrontación iconoclasta, no era fácil calcular cuál iba a ser la respuesta del gobierno español, aunque nadie esperaba que llegase tan lejos. Se empieza por mirar para otro lado mientras se comete un pequeño genocidio de ochenta mil personas y se acaba por fastidiar un festival de la canción con 70 años de historia a sus espaldas.

El gobierno español podía haber roto relaciones con un país abiertamente consagrado al terrorismo internacional, podía haber promovido sanciones económicas, incluso podía haber dejado de vender y comprar armas a Israel, pero Pedro Sánchez, más pétreo y sanchista que nunca, ha decidido tirar por la calle de en medio y abandonar Eurovisión. Ahí es nada. Lo mismo Netanyahu pierde el sueño o el apetito de sangre humana. Primero queman un espantapájaros pintado con su jeta de asesino de niños y ahora España se va con la música a otra parte. El antisemitismo no conoce límites.

Las consecuencias de este rifirrafe hispano-israelí son imprevisibles y quién sabe si, después de la canción hortera, no le tocará el turno al baloncesto. El mundo entero contiene la respiración recordando los momentos en que el imperio español hizo temblar al planeta: Lepanto, la Armada Invencible, la invasión de Perejil y ahora esto. Tras el fiasco de Irán, se ve que Trump no ha aprendido nada; todavía no se ha enterado de con quién se juega los cuartos. Primero fue a acojonarnos con la retirada de las bases norteamericanas en territorio español, luego amagó con la expulsión de la OTAN, pero Sánchez juega duro y le devuelve golpe por golpe. A fin de cuentas, como arma de destrucción masiva, la OTAN es una mierda al lado de Eurovisión, aunque tengan de secretario general a Mark Rutte, quien en los últimos años se perfila como presentador oficial de la gala.

Una de las voces que más pronto y más alto se ha alzado contra la retirada de España del festival de Eurovisión ha sido Alaska, quizá la mayor cantante desafinada del mundo, en dura competencia con Yoko Ono. Dice que ella está a favor de la música y en contra de todos los boicots: por eso no dijo jamás ni una palabra contra el continuo veto a Rusia en Eurovisión, porque cuanto menos abra la boca, mejor para la música, mejor para la diplomacia y mejor para todo en general. Con los adjetivos que improvisó Abascal el otro día en un mitin -"mierda" y "rata"-, Alaska es capaz de componer una canción de éxito, aunque sería difícil que no confundieran la letra con el programa electoral de Vox.

La propia Alaska lleva décadas boicoteando la música española -cada vez que da un concierto, cada vez que graba un disco, cada vez que tararea en la ducha-, pero se conoce que no tolera la libre competencia. Tampoco es que Eurovisión tenga mucho que ver con la música, la verdad es que no tiene que ver nada, por eso mismo cualquier día iban a invitarla a representarnos, en solitario o en dúo con Mario Vaquerizo, que canta casi igual de bien que ella. Por desgracia, para una vez que nos tomamos Eurovisión en serio, elegimos al Chikilicuatre. No sería extraño que, tal y como andan las cosas, Alaska acabe de secretaria general de la OTAN mientras a Mark Rutte lo fichan de gogó en las Nancys Rubias.


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