menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Por fin una gran cumbre de la izquierda

8 0
18.04.2026

Esto de las cumbres a mí me parece estupendo. Vivo en la montaña, me gusta la montaña, las cumbres. La progresía internacional se reúne estos días en Barcelona para frenar el acelerón neofascista que está asolando el planeta. Lula da Silva, Gustavo Petro, Rahul Gandhi (que no es de los Gandhi de toda la vida, pero parece buena gente), Claudia Sheinbaum, Yamandú Orsi, Pedro Sánchez, economistas, pensadores, sindicalistas, influencers, periodistas, historiadores y, en conjunto, 3.000 escaladores de la izquierda planetaria se han subido a esta cumbre barcelonesa. Qué bello debe verse el mundo desde ahí arriba.

El problema de los que subimos a las cumbres es que, tras conquistar el pico, solemos elevar la vista al cielo azur, fascinarnos en la contemplación de los lejanísimos horizontes, hiperventilarnos de aires límpidos que nos marean por la ausencia de contaminación. Es tanta la belleza de las alturas que casi nadie mira hacia abajo. Y ese es el problema de todas estas cumbres de ideología izquierdista (o casi), climática, antiliberal, anti-iliberal, portoalegrista y etcétera.

El ejemplo lo tenemos en casa con nuestro adorado líder Pedro Sánchez. Es Sánchez hombre de sensibilidad intelectual abiertamente progresista y cultura económica redistributiva, al menos sobre el papel y en el salón de su casa. Disfruta escuchando a las derechas y a sus ultras calificarlo de bolivariano, comunista, estalinista y otras lindezas cheguevarianas. Pero, cuando se trata de legislar, se acobarda cual Caperucita en el bosque.

Las grandes energéticas, los grandes tenedores de vivienda, los especuladores con la sanidad y la educación públicas, los ciberoligarcas, los ultrarricos y toda la fauna de apandadores que habitan nuestros democráticos paisajes no le tienen ningún miedo. Temen más a Sánchez, da tristeza decirlo, las pocas voces que aún representan en España a la verdadera izquierda. De vez en cuando, los rojos de pedigrí, los de la calle, incluso visitan nuestras cárceles democráticas por intentar detener algún desahucio u organizar un escrache delante de una mansión mal escogida, gracias a la nunca derogada ley mordaza y sus anexos.

A los verdaderamente poderosos no les molesta que Pedro Sánchez sea un rojo peligroso, que no lo es. Les incomoda que intente parecerlo. Ni siquiera le otorgan la licencia del derecho al disimulo.

Piensa este humilde e indocumentado servidor que Pedro Sánchez desperdició la ocasión de subvertir los abusos del neoliberalismo en España cuando gobernó (2020-2023) junto a Podemos, con el virtual respaldo de una mayoría parlamentaria que incluía siglas progresistas como Esquerra Republicana, Bildu, Más País y Bloque Nacionalista Galego. Solo entre los citados sumaban 178 escaños y mayoría absoluta. No necesitaban subirse a ninguna cumbre para gobernar para y por el pueblo. Podían despreciar e ignorar los esquivos y mercaderes votos de los democristianos derechistas de PNV y Junts.

Pedro Sánchez y su gobierno se enfrentaron enseguida al bombardeo indiscriminado de un volcán, una pandemia, una invasión de Rusia sobre Europa y otras seis o siete plagas enviadas por los dioses, que siempre han sido muy de derechas. Semejaba Titán mitológico cuando se levantaba de las reuniones del Consejo Europeo como un disidente del neocapitalismo, de la cultura de la austeridad, del viejo merkelismo, cuya negación llevó a la mismísima Merkel a volverse sanchista y antimerkeliana.

Pero, aquí en casa, continuaba ladrando la ley mordaza, perduraba sin amnistía la persecución a unos catalanes que sólo quisieron poner urnas; proseguía la venta de vivienda pública a fondos buitres mientras la gente se quedaba sin techo; las rebajas impositivas a los alimentos y combustibles de primera necesidad seguían engordando los beneficios de las grandes superficies y distribuidoras (la famosa avarinflación); florecía, feraz, el negro neogobierno en la sombra de los jueces; los anorrosas cagaban impunes bulos en medios públicos y privados sin consecuencias; se hacían ricos los Díaz Ayuso, los Medina y los Ábalos por falta de observancia institucional en las compras de mascarillas mientras moría gente.

Los partidos socialistas obreros, españoles e internacionales, deberían empezar a trabajar un poco hacia adentro, hacia sus patios, hacia su gente. Porque estas grandes cumbres, con sus encumbradas palabras e intenciones, no tienen ningún sentido cuando las protagonizan líderes incapaces de llorar ante lo más cercano. Eso que en mi pueblo llamamos pueblo. Ese que, desencantado del socialismo, empieza a votar nacional-socialismo, no saben los socialistas exactamente por qué.


© Público