El neofascismo entra en fase de radicalización
La imagen que tenemos del fascismo histórico es una foto fija: la de la Segunda Guerra Mundial. Una foto en la que se puede ver un mundo de campos de exterminio y ciudades devastadas por las bombas. Es la foto de la fase de radicalización del fascismo. Pero este pasó por varias fases. Hubo un tiempo en que los regímenes fascistas no fueron tan distintos del trumpismo, de hecho. También prometieron volver a hacer grandes sus respectivos países y solucionar los problemas de los ciudadanos de a pie.
En pocos años, aunque a distinto ritmo, la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini se radicalizaron, comenzaron a aplicar medidas más represivas y a iniciar una guerra tras otra. Y la guerra, a su vez, se volvió cada vez más criminal y excesiva, sin respeto a las normas internacionales ni a precepto moral alguno.
Es posible que a lo que estemos asistiendo hoy sea una incipiente radicalización del régimen neofascista de Trump. La violencia forma parte cada vez más de su discurso y de su práctica: el cambio de nombre del Ministerio de Defensa, convertido desde septiembre de 2025 en Ministerio de la Guerra (Department of War), era una señal de por dónde iban los tiros (nunca mejor dicho).
La radicalización siempre tiene una vertiente exterior y otra interior. En el caso de los regímenes fascistas la interior se manifestó, entre otras cosas, en las medidas antisemitas, que alcanzaron su paroxismo con el asesinato masivo de población judía por los nazis a partir de la segunda mitad de 1941. En el caso del trumpismo, la vertiente interior es la campaña de deportaciones masivas y desapariciones que lleva meses en marcha y que ya se ha cobrado víctimas mortales. Hace meses vaticinaba que el fracaso práctico de las deportaciones provocaría una mayor radicalización del régimen y que dicha radicalización podría manifestarse, como en el fascismo histórico, en el incremento de la violencia hacia el exterior.
No tengo claro ahora que la política exterior trumpista cada vez más agresiva sea un mecanismo compensatorio por el fracaso doméstico. Es posible que se trate simplemente de otra faceta más de su giro extremista en todos los ámbitos y de la arbitrariedad de su líder. De lo que no hay duda es que, sin resistencia interna ni oposición externa (la UE y Reino Unido actúan como lacayos) el régimen de Trump se volverá cada vez más ultra. Y es probable que eso lleve a su autodestrucción, como sucedió en el pasado con las dictaduras fascistas. La cuestión es qué precio tendrá que pagar el resto del mundo.
No obstante, la historia nunca se repite y también en este caso se dan factores que no se encontraban presentes hace un siglo. Uno de ellos es la propia naturaleza de la política estadounidense, muy distinta de la italiana y alemana hace un siglo. Como recuerda el filósofo Enrique Dussel, EEUU siempre ha mantenido una apariencia de democracia ad intra y una política imperialista ad extra. Es la primera vez que el gobierno de EEUU se comporta de forma muy parecida ad intra y ad extra -es decir, de manera despótica, con la intención de destruir los contrapesos democráticos.
Por otro lado, mientras el fascismo clásico hizo de la guerra una de sus banderas desde antes incluso de llegar al poder, el neofascismo trumpista actuó de forma contraria: prometió a los estadounidenses retirarse de las aventuras imperiales para dedicarse a solucionar los problemas que afectaban a los ciudadanos en su día a día.
Está por ver si esta doble traición -traer la política imperial a casa y expandirla en el extranjero- tiene efectos en el electorado estadounidense. En cualquier caso, los votantes de ultraderecha allí, como en todas partes, votaron por ver el mundo arder. Y el mundo arde.
