Semana de pasión
El Domingo de Ramos, en la tradición cristiana, marca el inicio de la Semana Santa. Esta costumbre milenaria recuerda la decisión de nuestro Señor Jesucristo de llegar victorioso a Jerusalén para cumplir la profecía de la llegada triunfal del Mesías, a quien recibieron con ramos y mantas como símbolo de esperanza de un pueblo que anhelaba ser liberado de las injusticias y la humillación a la que era sometido por los gobernantes de turno.
Sin embargo, su entrada no fue con caballos, carruajes ni armas, sino que llegó a lomo de un asno, con prendas humildes y sin ninguna pretensión distinta a la de realizar una revolución moral por vía del ejemplo y la palabra. Ese es, principalmente, su legado. Jesús fue un verdadero revolucionario; es considerado el personaje más significativo e influyente de los últimos tiempos y, en su nombre, se han fundado múltiples iglesias que - con algunas tergiversaciones - han difundido su filosofía de vida. Una filosofía cargada de austeridad, sencillez, humildad, sacrificio y, sobre todo, fe en la posibilidad de que, como seres humanos racionales, entendamos que venimos a este mundo a servir, a dominar nuestro orgullo y a ayudar a nuestro prójimo como los verdaderos hermanos que somos en esta existencia.
Jesús habló en parábolas desmitificando la fe y mostrando que nada hay en la superficialidad, en la mentira ni en la hipocresía de una vida llena de virtudes y beneficios que da la espalda a sus congéneres. Esto fue así pues, antes de la creación de la Iglesia católica y de muchas cristianas, los apóstoles de Jesús crearon «los señores del camino», un grupo de fervientes discípulos del Divino Maestro que se dedicaban a dar habitación y alimento a los más vulnerables, siempre considerando la necesidad de orientarlos en el conocimiento del Evangelio y las maravillosas enseñanzas de Jesús. Todos ellos fueron perseguidos y lapidados por el solo hecho de difundir una fe revolucionaria e inquebrantable que llevó a muchos cristianos a ser presa de los leones en el circo romano.
Ni los castigos más crueles lograron quebrantar la fe de los seguidores de Cristo y el propio Imperio romano, siglos después, sucumbió ante su poder al punto de adoptar la filosofía cristiana como religión oficial. Lo que sigue es otra historia de guerras por la imposición de la fe que nada tienen que ver con el verdadero mensaje de Cristo.
Invito a todos los amigos y amigas, en esta Semana Santa, a renovar su fe en Cristo, a profundizar en la lectura del Evangelio y, sobre todo, a practicarlo tal como el Maestro Jesús nos enseñó. Debemos entender que el mensaje es simple: el Reino de Dios no es un lugar físico, sino una forma de vivir basada en la justicia, la paz y el amor que comienza en el corazón. Se trata de la práctica de la ley del amor a Dios y al prójimo como a uno mismo; la práctica del perdón y la redención, predicando la misericordia incondicional - ejemplificada en parábolas como la del hijo pródigo - y el logro de una transformación profunda de la vida para alinearse con la voluntad de Dios, practicando siempre la humildad, la búsqueda de la justicia y la paz como verdaderos caminos hacia Él.
