menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Hacer lo correcto y no ser corrupto en el ejercicio de lo público

12 0
22.03.2026

Desde los primeros días en el ejercicio de mi profesión como abogado, me enfrenté a propuestas para cometer actos de corrupción. Por ejemplo, cuando ocupaba el cargo de asesor jurídico en la Universidad Surcolombiana, un funcionario -sabiendo que mi función era apoyar al comité de conciliación - me insinuó que, si conceptuaba favorablemente en su demanda, recibiría una "tajada". Le respondí que por nada del mundo traicionaría a la Surcolombiana, mi alma mater. Él intentó tocar mi punto débil mencionando a mi madre y cómo, con ese dinero, podría ayudarla; le contesté que fueron precisamente mis padres quienes me enseñaron que ese tipo de actos no se cometen. Es preferible vivir la pobreza con dignidad que la riqueza avergonzado de una vida sin principios.

Tuve la oportunidad de ser secretario de Gobierno y Convivencia, así como de Educación en Neiva. Allí recibí múltiples propuestas para "torcer" contratos, llenar mis bolsillos de dinero y comprar una vida de superficialidad. A todos ellos les respondí como aprendí en el hogar de mis padres: el dinero es producto del trabajo y del esfuerzo genuino. No cedí ante propuestas millonarias que habrían comprometido la responsabilidad del proyecto político que representaba y, sobre todo, mis principios.

Hoy, al observar a líderes jóvenes con oportunidades en el sector público, causa sorpresa ver cómo, en tan escasos años de experiencia, desdibujan rápidamente su quehacer político mediante actos de corrupción, tanto en la Universidad Surcolombiana como en los entes públicos donde han ejercido cargos.

Los escándalos en la Contraloría y la Personería municipal - que finalmente terminaron gozando de la impunidad de la justicia - son muestra fehaciente de que muchos jóvenes, lejos de representar una verdadera renovación política (salvo contadas excepciones), no se han alejado de las prácticas corruptas. Al contrario, terminaron plegándose a las castas políticas, traicionando los valores que se enseñan en nuestras aulas pero que, al parecer, no fueron reforzados en sus hogares.

Hacer lo correcto en el ejercicio de lo público tiene su asidero en una vida que desprecia el atajo y la trampa; una vida basada en la transparencia, el mérito, la justicia y la equidad. Quien es íntegro entiende que cada peso robado es un recurso que deja de llegar a los más necesitados: niños, jóvenes, ancianos, mujeres, indígenas, afrodescendientes y personas con discapacidad. Es el grueso de la población que sufre mientras los recursos se quedan en manos de corruptos que sustentan una vida de apariencias, lujos y ostentación, mientras otros mueren de hambre.

El reto es inmenso. Debemos promover y materializar, desde la academia, una vida de moderación, austeridad, decencia y respeto por los recursos públicos como algo sagrado, tal como me lo enseñó el gran maestro Antanas Mockus. La responsabilidad de nuestros profesionales egresados es grande; lo que se espera es que no sean inferiores al desafío de ejercer la función pública con dignidad. Desde el aula y con nuestro ejemplo, siempre aportaremos a esta causa.


© Opanoticias