El ron: alquimia y desigualdad en el mestizaje cubano (I)
El ron es una metáfora de la nación que lo produce. ¿Qué significa que Cuba haya preferido un ron “ligero”, filtrado, frente al ron “pesado” jamaiquino, oscuro y “rústico”? ¿Qué expresa esa elección sobre la manera en que los actores dominantes en la construcción de la nación cubana imaginaron, y afirmaron, la noción de mestizaje?
“De melaza a ron a esclavos”
El ron aparece en el Caribe británico hacia 1650, en parte, como salida al exceso de melaza que la industria azucarera no podía aprovechar. Los ingenios, sostenidos por trabajo esclavizado, generaban mucha melaza: hasta tres partes por cada cuatro de azúcar.
La historia del ron está indisolublemente ligada a la melaza.(1) “Molasses to rum to slaves” (de melaza a ron a esclavos) es más que una frase: fue la realidad económica que definió el Caribe colonial durante siglos. Sin melaza no hubiera existido el ron, ni la historia caribeña, ni la historia mundial, tal como los conocemos.
Barbados fue el laboratorio que formalizó el ron. En sus ingenios, se destilaba un aguardiente áspero, llamado kill-devil o rumbullion: nombres que evocaban violencia, exceso, desorden. Se afirma, con lógica, que el término rhum, rum, o ron, proviene de ese rumbullion.
En el siglo XVIII, el ron pasó de ser descrito por Richard Ligon (1657) como una bebida “caliente e infernal” a convertirse en protagonista del comercio colonial y esclavista. Para 1770, era la bebida más consumida en las colonias americanas, con un promedio anual de 3,5 a 4 galones por persona, por encima del whisky y la cerveza.
Adam Smith mencionó el papel jugado por el ron, como moneda “en especie” en La riqueza de las naciones: “En la provincia de Nueva York los peones ordinarios ganan tres chelines y seis peniques de moneda corriente por día, lo que equivale a dos chelines esterlinas; los carpinteros navales ganan diez chelines y seis peniques en moneda corriente, y una pinta de ron que vale seis peniques esterlinos, lo que en conjunto equivale a seis chelines y seis peniques esterlinos […]”.(2)
El ron fue pieza clave del comercio triangular: colonos de Nueva Inglaterra lo elaboraban con melaza caribeña, lo llevaban a África para comprar esclavos y a estos los revendían en las plantaciones a cambio de más melaza y dinero. Entre los bienes enviados desde Cuba a África para intercambiar por personas esclavizadas se incluía aguardiente de caña, junto con oro, dinero, armas y textiles.(3) La melaza se convirtió en combustible de la trata y fuente de enormes ganancias coloniales.
La hipocresía de esta dinámica se denuncia en la canción Molasses to Rum (1969), del musical 1776 (Broadway), que evidencia cómo la riqueza del Norte, también, dependía de la esclavitud. Los esclavizados eran calificados como “oro negro” y “oro vivo”, términos que visibilizaban las tensiones económicas y morales que atravesaban las colonias.
El valor económico de la melaza desató disputas imperiales: Gran Bretaña impuso la Ley de la Melaza (1733) para frenar la melaza francesa, aunque el contrabando la neutralizó en gran medida. El Acta de Impuestos al Azúcar (1764) endureció controles, irritó a los colonos y convirtió estos impuestos en uno de los primeros detonantes de la Revolución Americana.
A John Adams se atribuye la frase que los norteamericanos no “debían sonrojarse por confesar que la melaza era un ingrediente esencial en la independencia norteamericana”.
Según Eric Williams, “Se ha dicho con justicia que [esa Acta] fue un golpe más poderoso para la naciente conciencia colonial que el Acta de Sellos [que impuso la obligación de que la mayoría de los materiales impresos en las colonias americanas se elaboraran utilizando papel sellado fabricado en Londres]. Los norteamericanos comenzaron a irritarse ante el inconveniente de ser súbditos británicos. El intento de hacer efectiva el Acta y destruir el contrabando condujo directamente a la Revolución Norteamericana.”(4)
A mediados del siglo XVIII, el azúcar y la melaza eran el ‘oro dulce’ del comercio mundial: sostenían un tercio de la economía europea. Las potencias se disputaban las islas azucareras: Haití, bajo Francia, inundaba el mercado y enviaba melaza a las colonias británicas.
Esta rivalidad marcó la geopolítica: en la Guerra de Independencia de las Trece colonias, Gran Bretaña retuvo tropas en el Caribe para proteger sus plantaciones de caña. El tráfico esclavista británico se abolió en 1807 y, con la revolución haitiana y la llegada de la remolacha, el triángulo melaza-ron-esclavos se desintegraría hacia el último tercio del siglo XIX.
En ese contexto, Cuba heredó el papel de azucarera mundial, ya con ingenios mecanizados, y sin esclavitud a partir de 1886. Según Moreno Fraginals: “Desde fines del XVIII todos los ingenios de alta producción establecieron sus propias destilerías como negocio subsidiario del azúcar.” Para 1840, se iniciaron los trabajos de las destilerías en La Habana, Matanzas y Cárdenas “que compitieron con las establecidas en Norteamérica”.(5)
Además de su peso económico, el aguardiente era parte importante del consumo de las personas esclavizadas. El mismo Moreno recoge que la “costumbre esclavista de no desayunar, ha persistido en grandes sectores de la población a quienes basta tomar una pequeña taza de café al levantarse. Este es uno de los muchos y perjudiciales hábitos derivados de la esclavitud y es sumamente difícil de desterrar. A su vez, el trago de aguardiente al amanecer [que se suministraba a los esclavizados para despertarlos y enviarlos al trabajo] permanece fuertemente arraigado”.(6)
Dentro de la Guerra de independencia (y también dentro del propio campo independentista) la producción de aguardiente se mantuvo siendo importante. En ello, se explotó el trabajo de los libertos, cuyo Reglamento no autorizaba pago de salarios. Cepero Bonilla documentó que: “se ordena disponer de doscientos negros que pertenecen al coronel Santiago Zayas y enviarlos a los ingenios Santa Isabel, Palmira y Troya, para dedicarlos a moler caña y producir azúcar y aguardiente, además de asegurar que los frutos se guarden en el monte de manera conveniente”.(7)
En la transición desde el régimen de la esclavitud hacia el trabajo asalariado, se mantuvo la costumbre. En algunas fincas, según Rebecca Scott, además de las raciones básicas, se entregaban alimentos adicionales a los trabajadores como pan, carne de puerco, bacalao, aceite, manteca y aguardiente.(8)
El origen colonial de los estilos del ron
La historia del ron se diversifica en tres estilos principales que reflejan, hasta hoy, la cartografía del poder colonial: el ron británico pesado, originado en Jamaica, Barbados y Demerara, caracterizado por fermentaciones largas, alambiques de cobre y sabores intensos, ligado al comercio triangular y la trata esclavista; el ron agrícola francés, surgido en Martinica y Guadalupe, elaborado con jugo fresco de caña, destilado mayormente en columnas, asociado al ideal de “refinamiento” (en contienda mercantil y cultural con el ron “industrial”); y el ron ligero hispano, desarrollado tardíamente en Cuba y Puerto Rico bajo influencia española, que usó melaza, destilación continua, filtración con carbón y añejamiento en roble, ofreciendo un perfil más suave y “civilizado”.
Así, el mapa del ron es también el mapa del colonialismo: tres imperios, tres sabores, tres políticas culturales con políticas raciales específicas.
El ron jamaiquino tradicional ejemplifica el perfil distintivo presente al interior de esas tradiciones del ron: fermentado por varios días con dunder y destilado en alambiques de cobre, puede alcanzar hasta 1,600 gramos de ésteres (compuestos que aportan aromas y sabores frutales que enriquecen su complejidad sensorial) por hectolitro de alcohol.
El ron cubano se definió por otra alquimia, dentro de la tradición de los rones de origen español: un destilado claro y refinado, “tan fino como un coñac”, con una concentración mínima de ésteres (hasta hoy entre 1 y 90 g por cada 100 litros de alcohol absoluto), cuyo perfil se identifica como “ron ligero”.(9)
Esta elección no fue casual, fue una operación cultural criolla, que depuró, sin negar la política cultural del colonialismo español, contenidos afro, y los filtró para hacerlos aceptables al gusto dominante y a la estética de la blanquitud. (10)
Hasta hoy, por norma, el ron ligero cubano sigue ese canon industrial y cultural. Se produce exclusivamente con melazas de caña local, fermentadas en procesos cortos con levaduras específicas para lograr equilibrio aromático. Se destila en columnas continuas, obteniendo aguardientes (74-76% vol.) y destilados para ron (
