Una familia maniwera en Topes de Collantes
Todos los días a las tres de la madrugada yo estaba con los ojos abiertos, sin poder ver nada y concentrada en escuchar los ruidos de la calle en apagón. Comencé a desarrollar una especie de delirio con los ladrones. La verdad es que no han robado a nadie en mi cuadra, pero imaginar que podía pasar me producía la misma ansiedad.
A las tres de la madrugada confluyen muchos procesos en el cerebro, desde un pico de cortisol hasta hambre y procesamiento de emociones complejas que durante el día nos abatieron. El esoterismo dice que esa es la hora del demonio y que las personas más sensibles lo perciben. A las tres de la madrugada comienza “la hora de los ladrones”, que, según los vecinos de Nuevo Llano, en Holguín, dura hasta las 4 y media de la madrugada.
Así me pasé varios meses, teorizando sobre los despertares nocturnos, conversando con una amiga psicóloga y contándole a todo el mundo mi padecimiento. Le contaba a mi familia, a mis amistades y hasta a la gente que hace la cola para comprar pollo a granel. Y resulta que a muchos les pasaba lo mismo. Con el silencio terrible del apagón, interpretaba cada sonido como la escena más terrible en la que se mezclaban los ladrones y el demonio.
Mis despertares angustiantes se me curaron en medio del monte, en un apagón de cuatro días. Con insectos y pájaros chocando contra la casa de campaña y el sonido del viento reemplazando en mi cabeza el ruido de las lejanas plantas eléctricas.
Nos fuimos a Topes de Collantes con Maniweros, un proyecto sociocultural que ofrece excursiones a diferentes lugares de Cuba. Esta iniciativa liderada por Rolo desde hace cuatro años se centra en unir personas que aman la naturaleza. Vi en su canal de WhatsApp que estaban promocionando un viaje a Topes; hicimos reunión familiar y dijimos: “Es ahora o nunca”.
Nos parecía imposible encontrar una opción económica para viajar con la actual crisis del país. Compramos un poco de galletas, maní japonés, fanguito, pepinos y espaguetis para Oliver. Agarramos nuestro castillo de campaña, un poco de ropa, la cámara de fotos y nos embarcamos en nuestra primera aventura maniwera.
Viajar en familia es complicado; quizás por eso las crónicas de viaje casi siempre las hacen cronistas solitarios. Somos una familia de cuatro: mamá escritora, papá fotógrafo, hijo adolescente y su pequeño hermano de 6 años. Como ya hemos hecho otros viajes, ya sabemos organizarnos y cada uno tiene sus funciones concretas. La mía es, literalmente, lograr que los niños sobrevivan.
Por suerte, tenemos una casa de campaña gigante que mi madre vio por casualidad en una venta de garaje en el barrio. La casa estaba nuevecita de paquete; ahí cabemos los cuatro cómodamente y yo duermo feliz de saber que solo nos costó cuatro mil pesos. En nuestro castillo de campaña me siento más segura que entre las paredes de concreto de mi edificio. Y como ninguno de nosotros fumamos, la casa también se siente segura.
A la gente le llama mucho la atención porque es grande y elegante. Diego, que mide 1.93 cm, cabe parado dentro de ella.
La casa tiene un letrero que dice: “Escape”. Me gusta que siempre encontramos recuerdos de nuestros viajes anteriores. Cuando la armamos en el Aviario de Topes, encontramos una hojita de Puriales y tierra de Vega del Toro, una ramita de San Antonio del Sur y el olor inconfundible de la playa tormentosa de........
