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El Camagüey o abrir la puerta de la ilusión

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03.07.2026

En el agitado panorama digital cubano hay un sitio web que destaca por la calidad de los textos que comparte, por su rigor intelectual y por el ameno acceso que brinda a sus contenidos. Es El Camagüey, que este agosto celebrará seis años de fundado.

Coordina este medio la Doctora en Ciencias de la Comunicación Social María Antonia Borroto (Esmeralda, 1973), una de sus fundadoras, periodista, investigadora, docente y…polemista de raza. Entre las infrecuentes virtudes de El Camagüey se cuentan entender y atender la cultura como un continuum impermeable a manipulaciones ideológicas y consignas, un devenir que, en la medida en que se hurga en sus raíces, esclarece el presente.

El Camagüey, como su nombre lo indica, pone el centro de su atención en esa zona del país, y desde ahí irradia hacia la cultura nacional. Es un ejemplo, además, de como el provincianismo es una condición mental y no una fatalidad geográfica; al tiempo que demuestra con solvencia que estudiar, divulgar y exaltar cuanto de valioso hay en esa provincia cubana nada tiene que ver con la actitud del aldeano vanidoso de que hablara Martí, aquel que confunde su comarca con el mundo.

María Antonia es autora de una profusa bibliografía que muestra a las claras sus diversos intereses intelectuales. Cito algunos de sus títulos: Palpitación de lo diario: un costumbrista llamado José Martí (Ediciones Ávila, 2007); Imagen múltiple de la ciudad: tres cronistas miran La Habana (Casa Editora Abril, 2008); Ansias de traspasar el horizonte: estudios sobre Julián del Casal (Editorial Ácana, 2012);  Arreglamundos: mujeres y periodismo en Cuba (Editorial El mar y la montaña, 2019), y De cronistas, sus textos y sus viajes (Ed. Matanzas, 2023), por los cuales ha recibido numerosos reconocimientos.

En dos ocasiones se alzó con el premio Razón de Ser, que concede la Fundación Alejo Carpentier, con los proyectos “El modernismo: cuestión de ideas” y “Miradas cruzadas desde el periodismo: lo francés y lo cubano en Carpentier”. Asimismo, su libro “Julián del Casal: modernidad y periodismo” obtuvo mención en la categoría de ensayo sobre tema artístico literario en la 55 Edición del Premio Casa de las Américas.

En 1996 te licenciaste en Comunicación Social en la Universidad de Oriente, y te doctoraste en Ciencias de la Comunicación Social en 2013, en la Universidad de La Habana. ¿Entre una y otra fecha, ejerciste el periodismo en algún medio oficial? ¿Cómo fue esa experiencia?

Trabajé un año en Radio Mambí, en Santiago de Cuba, y nueve en el periódico Adelante, de Camagüey. Durante los años de estudio hubo un momento en que pensé cambiar de carrera. No lo hice porque, como esos años coincidieron con el Período Especial, fue casi heroico mantenerme allá. Sumémosle que mis padres me tuvieron ya un poco mayores —para los estándares de los años setenta— y no podía alargar mi estancia en la Universidad, amén de que iba a ser complicado explicarles el motivo del cambio, pues durante todo el preuniversitario yo aseguraba que lo único que de verdad me interesaba era el periodismo. No tuve coraje, es la verdad, para hacer algo así. Me parecía muy desconsiderado con ellos.

En segundo año de la carrera me sentí muy decepcionada, e imaginé lo que iba a ser mi vida en una redacción. Hubo planes para quedarme, una vez graduada, ejerciendo en la Universidad de Oriente como profesora, planes que no se concretaron porque una disposición del Comité Central del Partido establecía que un recién graduado debía ejercer el periodismo al menos dos años antes de integrar el claustro de cualquier universidad. 

Así, de pronto, caí de fly en la redacción de Radio Mambí, la emisora municipal de Santiago de Cuba. ¿Por qué Santiago? Mi novio de entonces es de Contramaestre, aún no se había graduado y tomamos la decisión, no menos heroica, de que yo siguiera en Santiago. Soy oriunda de Esmeralda, así que mis posibilidades aquí en Camagüey eran más limitadas, y tendría que vivir agregada. 

Casi todo salió mal. No se dio lo de la Universidad, el entorno en la emisora me pareció incluso hostil, pasé más hambre y trabajo que siendo estudiante, y la relación sentimental se fue a bolina… Sin embargo, conservo recuerdos muy bonitos: anudé amistades del entorno universitario que aún perduran y conocí el mundo de la radio, lo que me ha sido muy útil durante mi docencia en el ISA. Hice entrevistas en programas en vivo, experimenté por primera vez la sensación de la adrenalina del cierre, ayudé a hacer guiones de noticiarios y revistas informativas… 

Una tarde un director de programas me estaba esperando para que hiciera la conducción, junto a la locutora habitual, de una revista. Ella debía ausentarse en algún momento de la transmisión, a partir del cual asumiría yo sola el trabajo. Esa tarde fue tremenda. Estaba muy asustada y, al mismo tiempo, muy alborozada. Recuerdo que entre los entrevistados estuvo Eliades Ochoa, que aún no tenía la notoriedad que alcanzaría después.

En Santiago no se paraba: festival de la trova, festival del son, festival de coros… Siempre de una cosa en otra. Pude entrevistar, aunque con grabadora, a Compay Segundo, que me pareció sabio y encantador. Fue antes del Buena Vista Social Club, en un momento en que ni yo misma sabía a derechas quién era él.

Fue muy difícil por las circunstancias del trabajo —sin medios técnicos y sin transporte—, yo seguía a escondidas en la beca, a medio camino entre el mundo del estudiante y el de un profesional. Dos de mis compañeras me decían, con razón y preocupadas por mí, que la radio no era lo mío… Y yo no entendía muchas cosas, entre ellas cómo lograr hacer más de cien informaciones al mes. Era la menos productiva de la redacción. Y para colmo fue tanta la presión que tuve que abandonar mis estudios en la Alianza Francesa, donde me iba muy bien.

Vine entonces para el periódico Adelante, donde estuve nueve años. Fue muy complejo también. Algunos de mis textos despertaban suspicacias en el departamento ideológico del Partido. Hubo un período —mientras estuve al frente del rotativo Miguel Febles— en que me reconcilié un tanto con el periodismo, pues pude hacer algunos trabajos más a mi gusto. Al mismo tiempo, inicié una maestría en Cultura Latinoamericana, dirigida por Luis Álvarez, comencé a estudiar el periodismo de Julián del Casal y el gusto por la investigación fue adueñándose de mí. Me propusieron ser docente en la filial del ISA; allí comencé en el 2004 como adjunta, hasta que a inicios del 2007 decidí dedicarme por completo a la docencia y a la investigación. 

La historia del periodismo en Cuba parece estar entre tus principales preocupaciones intelectuales. Incluso, has abordado a prominentes figuras de la cultura nacional, como Julián del Casal, José Martí y Alejo Carpentier. A tu juicio, ¿cuáles han sido los momentos más importantes del periodismo cubano a lo largo de la historia?

Nunca me lo he planteado así, pero voy a aceptar el reto que me propones, circunscrito al periodismo impreso, que es el que conozco un poco mejor.

Incluiría el periodismo costumbrista, con nombres como Buenaventura Pascual Ferrer, y su prontuario sobre la naturaleza de los textos para ser publicados en la prensa; José María de Cárdenas y Rodríguez (Jeremías de Docaransa), y sus cuadros de costumbres que aún hoy hacen reír, y a otros muchos costumbristas. Habría que incluir allí, aunque no fue solo un costumbrista, a Gaspar Betancourt Cisneros, con un estilo muy propio y uno de los primeros en notar que cualquier empresa de transformación social debía ser impulsada o apoyada desde las publicaciones periódicas. La........

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