El amor se mide en hojas de cálculo
Es sábado por la tarde en el pasillo de un supermercado en Bogotá, Medellín o Cali. Una pareja observa el carrito de compras y contempla el precio de los huevos, la leche y el café. Las grandes capitales colombianas se han vuelto escandalosamente costosas; el llegar, los servicios públicos y salir a cenar un fin de semana drenan los ingresos a una velocidad alarmante. Sin embargo, la verdadera tensión no está talla por la inflación real del país, sino por un susurro incómodo que cruza el aire: “¿Eso lo vas a pagar tú con la de crédito o lo sacamos de la cuenta común?”. En ese preciso instante, el carrito de la compra deja de ser un asunto puramente logístico y se transforma en un espejo de las dinámicas de confianza, acuerdos y desacuerdos que sostienen —o hunden— la relación de pareja.
Cuando el dinero deja de ser un asunto individual y pasa a ser compartido, adquiere un papel dentro de la relación que trasciende por completo lo económico. Ya no se trata del clásico «mi dinero y yo», sino de una nueva realidad: «el dinero y nosotros». En este punto aparece una compleja triangulación donde el dinero empieza a reflejar fielmente lo que hay en el fondo de la pareja. Si en el noviazgo o el matrimonio ya existían fisuras o dinámicas conflictivas, la presión económica las amplifica exponencialmente; por el contrario, si los cimientos se basan en la transparencia y........
