El turista fallero
'El Turista Fallero' de 1953. Autor de la portada José Edo. / UV
La reflexión de Juan Roig sobre la necesidad de obtener más recursos de los turistas que vienen a las Fallas merece una consideración. Podría ir, además, de la mano de la puerta que la alcaldesa, María José Catalá, ha dejado entreabierta a la tasa turística. Conviene abordar el debate ahora, antes de que vuelva a quedar sepultado hasta el próximo marzo.
Los primeros que deberían tomarse en serio esta discusión son, naturalmente, los falleros. Y, a continuación, exigir a las administraciones —empezando por la municipal— que ayuden a ordenar un equilibrio cada vez más difícil entre una celebración de dimensión metropolitana y una ciudad que no puede permitirse parar por completo. Porque para que una fiesta funcione, y más de esta magnitud, alguien tiene que seguir trabajando.
La masificación fallera no es nueva. Viene de lejos. Podría fecharse simbólicamente en aquel 1 de marzo de 1942 en que vio la luz el primer número de El Turista Fallero, la revista fundada por Vicente Bayarri Lluch. Bajo el expresivo titular de “Amigo turista”, la publicación decana de la información fallera ya advertía en su carta de presentación que, junto a las tracas, la música, el “cielo tibio de azul” y “un sol azucarado”, existía también una València “trabajadora infatigable, forjadora de su rica agricultura, de su artesanía incomparable y de su aquilatado arte”. La revista retrataba así las dos almas de la ciudad. Y Bayarri remataba esa idea con un deseo: “Hacerse grata al visitante en su fiesta más típica. ¡Feliz si lo consigue y nosotros la ayudamos a ello!”. Más de ochenta años después, cabe preguntarse si estamos haciendo todo lo posible para hacer feliz al visitante. ¿Y al vecino? En la respuesta a esta última pregunta se encuentra la clave del futuro.
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