Lo que se ha perdido en un mes de guerra
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Tadmor, en árabe, Palmira, en el dialecto palmireno que le dio nombre a la antigua ciudad del centro de Siria, es uno de los registros del tiempo en su dimensión mayúscula. Del Templo a Bel, deidad de Mesopotamia, sobreviven su fachada y muros tras la destrucción bajo el delirio del Estado Islámico (EI). Los primeros habitantes de la ciudad son tan viejos como el tercer milenio antes de la era común. El templo se data en las primeras décadas posteriores a ese punto del calendario. Entre los tres momentos surgieron y terminaron modos de entender el mundo, aunque el mundo en su amplitud siguió, distinto. No hay consuelo ni fatalismo en ello. Pérdida, sí.
En 2015, cuando el EI hizo estallar también el arco del siglo III, mi fuerte vínculo emocional con Palmira, y con ese punto en específico, no se detuvo en la ruina que conectaba la avenida romana con el Templo a Bel. Para ese entonces mis angustias eran el ascenso del fundamentalismo, los miles de muertos, mi familia y las familias dispersas por la guerra. El presente no daba espacio para otra preocupación. Pasaron casi diez años y pude darme cuenta de que quienes ahora vuelven al país, lo redescubren y mañana lo descubrirán, ya no tendrán al arco de Palmira, ni buena parte de la ciudad. Perdió, de nuevo, el tiempo.
Si estuviésemos dispuestos a entender que el tiempo es un valor y no solo un tránsito, cuidaríamos con atención hacia adelante lo que sucede en él.
Algunos reportes cuentan desde 50 hasta 120 museos o espacios culturales dañados en Irán durante el primer mes de guerra. Entre otros, el palacio Golestán del siglo XVII o la mezquita Masjed-e Jāmé del siglo VIII en Isfahan. En Abu Dhabi, el temor por las obras en el Louvre local no tiene una solución infalible mientras Teherán siga disparando sobre los Emiratos Árabes Unidos. Los restos de un proyectil cayeron cerca la ciudad vieja de Jerusalén, no lejos de al-Aqsa, de Kotel, el........
