Instrucciones para ser oposición
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¿Qué tanto hemos reflexionado sobre cómo se reconstruyen las democracias? Las alarmas de crisis o deterioro de la democracia, si bien fundamentadas y con grandes ejemplos por todo el planeta en las últimas décadas, hacen poca mella en el debate público. Son fácilmente despreciadas por poderes variopintos y, lo que es más grave, en su aparente definición funcionan como abstracciones que las oposiciones a gobiernos con tendencias poco democrática no han sabido aprovechar. México es un ejemplo.
Si pensamos a la democracia, como a otros conceptos o fenómenos políticos, en términos de calidades, quizá nos alejaríamos de esas reiteraciones que se transformaron en lugares comunes.
La calidad depende de parámetros objetivos que miden, en códigos democráticos, instituciones de un gobierno, sociedades, contrapesos y espacios de rendición de cuentas o responsabilidad política. Es de mejor calidad democrática el sistema de justicia que no está supeditado a los humores de un poder ejecutivo; lo es una sociedad que no busca la eliminación de quienes piensan diferente o reconoce el entendimiento cívico como método para compartir el espacio con el resto del conjunto. Es de mejor calidad democrática el gobernante que no insulta a sus opositores o ataca a la prensa, es de peor calidad democrática el que trata como idiota a sus electores. Son de mala calidad democrática los medios de comunicación que se transforman en voceros oficiales. Son de mala calidad democrática las instituciones que pierden agencia para someterse o no molestar a los poderes: universidades, reguladores, grupos empresariales, organizaciones sociales.
Cada uno de los elementos individuales que construyen democracia, a partir de la suma de sus calidades, establecen la del sistema entero. Por definición son dúctiles.
Las crisis son temporales; el deterioro pide establecer un punto de partida positivo desde el cual diagnosticar, por medio de los indicadores, el descenso. Cuando la calidad de esos indicadores empeora progresivamente, lo que hay es una condición.
El resultado de las recientes elecciones en Hungría, la situación de la oposición en Irán, antes y durante la guerra y la expansión del control institucional en los poderes mexicanos, son algunos de los casos que han permitido diagnósticos; para algunos, lecciones y para otros más, posibilidades de un reflejo local.
Como pocas en años recientes, la derrota electoral de Viktor Orbán desató la publicación de reflexiones en este sentido. Orbán simboliza el tipo de político que amplió sus estructuras desde una lógica mediática, con la mira en las audiencias antes que en los ciudadanos. Y sus ciudadanos, en un momento, se comportaron como espectadores antes que sujetos republicanos.
La escuela húngara ha sido llamativa por su interpretación de los códigos políticos en las sociedades. En términos democráticos es relativamente indiferente su afinidad ideológica. Comportamientos similares son ambidiestros hoy y lo han sido siempre.
En el diagnóstico a su alrededor, queda el victimismo discursivo, la fascinación por el complot, el populismo en su entendimiento económico y la exacerbación nacionalista, así como la captura de medios de comunicación, de aparatos formales e informales de poder y demás elementos en el catálogo de precariedades que encuentran paralelismos.
La búsqueda de lecciones húngaras para todos los países donde aquel deterioro proviene del uso de herramientas de la democracia no debería solo centrarse en los liderazgos políticos. Una alta responsabilidad de la mala calidad democrática proviene, siempre, de sociedades o sectores a su interior para las cuales los sistemas democráticos, es decir, sus limitaciones, fueron suficientes para despreciar el sistema entero.
La condición de aspiraciones democráticas y las acciones para recuperarlas tienen otros espacios, mucho más agrestes, de los que aprender.
Irán, con una amplia tradición de oposiciones, en un escenario de brutalidad extrema y totalmente diferente al húngaro, ha enseñado cómo no es lo mismo tener oposición que tener una estrategia política. De la lección iraní se rescata que oposición no equivale a organización, –que no la hay– y no es solo liderazgos tangibles –que tampoco se tienen–. En una apuesta a un futuro aún lejano, se necesitan estrategias políticas que vayan más allá de las desesperaciones, enojos, denuncias y reclamos indiscutibles o habituales.
Es el rescate de elementos, y no la búsqueda de lecciones, lo que se puede atraer para México. Si no se entiende esto, y en su lugar predomina la insistencia por instrucciones a seguir para reconstruir entornos e instituciones democráticas, será difícil abandonar la posición autorreferencial desde la cual cada oposición estéril se ha convencido a sí misma en lugar de convencer a otros, electores, ciudadanos.
De Hungría se ha consignado que Péter Magyar, aunque proveniente del mismo partido que Orbán, no hizo gran énfasis en los enemigos proverbiales con los que Orbán sustentó su retórica; por el contrario, se enfocó en la pobreza y su vinculación con la corrupción. La propaganda, esencial para el ascenso de Orbán, encontró su límite, como podría ser natural el agotamiento en la insistencia de enemigos internos.
Un problema de futuro democrático para las sociedades que dejan gobiernos dependientes de un sistema de propaganda es la pedagogía que hace receta de un método del que es complicado escapar. El reforzamiento de los miedos previos o la creación de nuevos tiene su antídoto en la voluntad de cohabitación posterior a las elecciones o la caída de un poder hegemónico. Hungría verá en breve si toma de verdad esa opción.
A México le falta para llegar a ese momento. Recurro a un escenario hipotético: si hubiera un rompimiento al interior del oficialismo y de ahí emanara una candidatura eficaz, ¿quienes nos oponemos a Palacio estaríamos dispuestos a reconocerla como viable? Si Morena dejara el poder en 2030, ¿alguno de los dos espectros políticos resultantes cedería hacia esa cohabitación? No se trata únicamente de partidos y coaliciones, sino de los grupos sociales, producto de los políticos: ¿se puede plantear esto dentro de los parámetros actuales?
Contrario a mucho de lo que he leído, no estoy seguro de que Hungría proporcione los planos para cambiar ese tipo de gobiernos. Efectivamente, es de notar que la estrategia de campaña en territorio por parte de Magyar fue efectiva y una elección obligada a causa del control de medios de Orbán, pero la confrontación en el sentimiento antieuropeísta del régimen con la urgencia europeísta de los más jóvenes no es inmediatamente comparable, ni el nivel de injerencia rusa. Tampoco la conciencia del mal menor que llevó votos a Magyar es tan común como me gustaría.
Ya pasamos por la unificación de oposiciones que solo ofrecieron no ser gobierno como argumento político. Aquí esto no ha funcionado. Prefiero tomar el caso húngaro como una excepcionalidad.
En cambio, detecto más elementos de los que aprender en las carencias de la oposición iraní.
Al inicio de la guerra no faltaron quienes, sobre todo en las diásporas iraníes, supusieron que la intervención de Estados Unidos e Israel podía detonar un cambio real o que la participación foránea equivalía a un tipo de ayuda definitoria. El tiempo ha probado lo contrario. Cabe preguntar cuánto abonan a un discurso opositor serio quienes en México abogan por una tabla de salvación estadounidense para los horrores nacionales vinculados al crimen organizado.
Las oposiciones iraníes, que todavía discuten sus factores de unificación a pesar de lo evidentemente necesario que es confrontar a un régimen militar embebido en un paraguas religioso, por lo menos llegan a coincidir en ciertos planteamientos que aquí se rehúyen.
En general, y es necesario verlo en su contexto, defienden la salvaguarda territorial del país, la urgencia de elecciones reales, la observancia de tratados internacionales, la secularidad –que en México podría traducirse como el ejercicio plural de cohabitación– y la atención a sistemas de justicia transicional para establecer una ruta de normalización. ¿A cuáles de estos puntos, en su versión mexicana, están dispuestas las opciones políticas nacionales? Muy posiblemente a los mismos que el gobierno federal: casi nadie en México con algún tipo de responsabilidad política está dispuesto a pensar en justicia transicional.
Las opciones en la diáspora iraní y las oposiciones formales en México aún no saben cómo ser contendientes reales. Mientras se siga equiparando seguidores con simpatizantes y estos con votantes, sin entender que unos no son los otros, las opciones de oposición seguirán sin diferenciar entre organización, equipo de trabajo y estrategia. Una cosa es la gente alrededor, otra son los individuos que ya van tarde para tratar agendas definidas en cada aspecto de la disfuncionalidad nacional –no tener encargados de cartera es cobarde e inútil–. En la estrategia, el primer paso suele ser hacer y pensar por encima de la queja, del retrato continuo de lo nocivo, avanzando hacia un programa de gobierno que quiera conquistar electores.
Y todo esto debe hacerse en medio de estructuras ya modificadas para evitarlo: la Corte, la fiscalía, la militarización, el organizador electoral.
Algunos espejos son más interesantes por lo que no muestran. ~
