El poder de la música. Homenaje a Jordi Savall
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Invité a Savall a Cambridge el 5 de diciembre de 2014, en el marco de los seminarios del departamento de español y portugués para estudiantes de posgrado. Savall tenía un concierto en Londres, pero cogió un tren temprano para llegar a Cambridge. No vino a tocar, sino a hablarnos de música.
En el trayecto en taxi desde la estación de tren, hablamos de su disco Villancicos y danzas criollas (2003), que recoge música virreinal de América. Me pareció un hombre sabio, generoso y gentil. Vestía con elegancia y llevaba una pashmina deslumbrante, adquirida en uno de sus múltiples viajes dando conciertos por el mundo.
Al llegar a Trinity Hall –un acogedor college frente al río Cam, que cruza la ciudad universitaria–, nos esperaba una multitud de alumnos y profesores. Puntualmente, a las diez, Savall pronunció su conferencia, titulada “El poder de la música”. Consultó sus notas solo para leer algunas citas; hablaba mirando al público, como los buenos oradores, en un español exquisito, con ecos de otras lenguas europeas. Se quedó todo el tiempo que quisimos hacerle preguntas, pedirle autógrafos y fotografías. Luego se marchó a dar su concierto.
Coorganicé el acto con Liliana Chávez Díaz. Ambos éramos doctorandos. El seminario fue grabado, aunque la grabación quedó inédita. La transcribo ahora a modo de homenaje, seguida de una nota del propio Savall, en la que resumía su conferencia y que utilizamos para divulgarla.
Presentación
Jordi Savall lleva más de cuarenta años dedicado al estudio y la interpretación de músicas antiguas, ya sea como director o con su instrumento, la viola de gamba, que él reivindicó y contribuyó a recuperar a partir de los años sesenta. Su labor como concertista, investigador y emprendedor cultural lo sitúa entre los principales artífices de la revalorización de la música histórica.
Es fundador, junto con la soprano Montserrat Figueras, de los grupos musicales Hespèrion XXI (1974), La Capella Reial de Catalunya (1987) y Le Concert des Nations (1989). También fue responsable de la banda sonora de la célebre película Tous les matins du monde [Todas las mañanas del mundo], por la que obtuvo el premio César a la mejor banda sonora del cine francés en 1992.
A lo largo de su carrera ha grabado y editado –desde 1998 con su propio sello, ALIA VOX– más de doscientos discos de música medieval, renacentista, barroca y del clasicismo, con especial atención al patrimonio musical hispano y mediterráneo, pero sin desatender otras músicas no occidentales. Ofrece una media de 140 conciertos y seis grabaciones al año. Ejemplos como el de Jordi Savall demuestran que la música antigua no tiene por qué ser elitista y que interesa a un público de todas las edades, cada vez más diverso y numeroso.
Mestre Savall, benvingut a Cambridge i moltes gràcies per ser avui aquí amb nosaltres [Maestro Savall, bienvenido a Cambridge y muchas gracias por estar hoy aquí con nosotros].
Conferencia de Jordi Savall
La música solo existe cuando un cantante canta o un músico toca. Eso la diferencia de todas las demás artes. No hay música antigua: hay partituras antiguas, pero la música es siempre algo vivo. Cuando un cantante interpreta una canción trovadoresca, hace que forme parte de nuestro mundo contemporáneo. Lo mismo ocurre con esta ciudad, llena de edificios construidos hace muchos años, pero que siguen formando parte del siglo XXI. Cambridge no es una ciudad antigua; es una ciudad moderna que utiliza construcciones del pasado para una actividad actual.
Los músicos somos museos vivientes de la música. Pues no hay museos de música: hay museos de instrumentos, hay bibliotecas con partituras y manuscritos antiguos, pero no existe un museo donde uno pueda escuchar la música del tiempo de Velázquez. Si queremos escucharla, necesitamos músicos que la hayan estudiado y que sepan cantarla y tocarla con talento.
Esta es una de las razones por las que la música ha tenido un planteamiento distinto al de las demás artes. La música es la más espiritual de todas, y depende de la memoria. Voltaire decía: “Sans essence, il n’y a pas de mémoire, et sans mémoire, il n’y a pas d’esprit” [Sin esencia no hay memoria, y sin memoria no hay espíritu]. Toda la esencia de lo que somos, intelectualmente, depende de los sentidos. Los sentidos hacen posible la memoria, pues recordamos aquello que hemos percibido a través de ellos. Nos acordamos de una iglesia hermosa porque nos ha impresionado su estructura, la belleza de su construcción. Recordamos una pintura porque la combinación de colores y formas nos ha conmovido. Rememoramos una melodía porque nos ha tocado con la emoción.
Y solo recordamos a ciertas personas porque mantenemos con ellas una relación emotiva. Los amigos que realmente cuentan pueden reducirse a una docena. Conocemos a miles de personas a lo largo de la vida, pero con los amigos establecemos una relación de amor, de afecto.
Con la música ocurre lo mismo. Escuchamos mucha, pero las músicas que realmente nos acompañan son aquellas que nos han emocionado; las que hemos conservado en la memoria, las que están siempre con nosotros, a veces revelándonos cosas nuevas. Por eso la belleza y la emoción son tan importantes.
Un pintor crea su pintura y, una vez terminada, su obra dialoga con nosotros a través del silencio. No necesitamos que vaya cada día a añadir un poco más de rojo. Esa pintura ya está hecha. Lo mismo sucede con un poema: el poeta lo escribe, y ese poema siempre nos hablará. No necesitamos a otro poeta que venga a explicárnoslo. Igual ocurre con la escultura, o con la arquitectura.
Pero la partitura que termina el compositor no está realmente terminada. La partitura es solo un conjunto de notas, de tempos, de combinaciones de instrumentos que necesita del ser humano –del músico, del artista– para pasar de ser un proyecto a cobrar vida. La música es el único arte que vive dos veces el misterioso proceso de la........
