La gozada de la discutidera
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Hay placeres que la vida moderna, en su afán de armonía aséptica, hipócrita y políticamente correcta, intenta sepultar. Uno de esos es la gozada de la discutidera. Montaigne, muy elegante, tituló su hermoso ensayo al respecto “El arte de conversar”, pero yo no tengo su elegancia. Para mí, la discutidera es la discutidera y es una gozada. Me refiero a la conversación con disenso, a la discusión en torno a ideas políticas o sobre el mejor chile en nogada de la ciudad. Para mí no es un campo de batalla, sino una amplísima pista de carreras sin obstáculos para correr sin freno. Lo confieso: me desboco. Pierdo la noción del tiempo, de la velocidad y de mis propias limitaciones. Atropello la gramática con tal de hablar más rápido, poseída por la emoción de encontrar esos huecos donde colar mis preguntas tramposas y cerrarle los huecos al otro. Se me acelera el pulso ante un argumento circular o una premisa ya no digamos falsa sino débil. Me carcajeo si mi contraparte encuentra el adjetivo perfecto para hacerme tropezar.
Montaigne prefería el disenso y buscaba que este se diera ante una mente vigorosa, experimentada y ordenada. No le hacía el feo a los espíritus mediocres y a las voces torpes, pero con precaución para no ser contagiado. Mi curiosidad es menos selectiva y quizá más oscura que la del bordelés. Yo disfruto de la elegancia, pero también del error, de la torpeza, de la inexperiencia y hasta de la maldad y la manipulación, cuando las........
